Parador de Úbeda

Parador Museo de Úbeda.

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En el siglo XVI, Úbeda era una de las doce ciudades más pobladas de Castilla. La comarca de La Loma vivía un notable desarrollo económico gracias al incremento de la producción agrícola y al proceso inflacionista, que disparó el precio del trigo, el aceite y el vino. Al mismo tiempo, algunos nobles alcanzaron destacados puestos de mando en la burocracia del país y aprovecharon esta atalaya para multiplicar su riqueza. En buena parte la invirtieron en transformar radicalmente la villa, haciéndola florecer bajo la influencia de la filosofía humanista. De entre aquellos mecenas destacó Francisco de los Cobos (1477-1547), secretario del emperador Carlos V y su principal hombre de confianza. A lo largo de su vida reunió múltiples concesiones y títulos nobiliarios que le permitieron acumular grandes riquezas. Durante un viaje a Italia descubrió el Renacimiento y acabó trabando amistad con artistas de renombre, como Tiziano, mientras que en España se rodeaba de intelectuales y creadores.

De su mano llegaron a Úbeda grandes artistas de la época, como Diego de Siloé, Andrés de Vandelvira, Alonso Berruguete… Para ellos la ciudad representó la tierra prometida; una oportunidad única para experimentar y hacer realidad aquellos nuevos conceptos importados de Italia. Así, crearon ensanches, nuevos espacios abiertos e impresionantes edificios públicos y privados; una transformación radical frente a la constreñida visión medieval hasta entonces imperante.

Úbeda se llenó de palacios, iglesias de nueva construcción, infraestructuras… Arquitectos, artistas y canteros se concentraron en crear una ciudad contemporánea; una perla del Renacimiento cuya estética acabaría influyendo en todo el país y que aún hoy despierta la admiración de quien la contempla. De entre su monumental centro histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad en 2003, destaca la Plaza de Vázquez de Molina, que alberga algunos de los edificios más emblemáticos, como la Sacra Capilla de El Salvador, el más importante; el Palacio Vázquez de Molina, actual Ayuntamiento; el Palacio del Marqués de Mancera, el antiguo beaterio de Sancho Íñiguez y la Colegiata de Santa María de los Reales Alcázares, entre otros.

El Palacio del Deán. Junto a estas obras maestras de la arquitectura, casi adherido a la Sacra Capilla de El Salvador se yergue un palacio bellísimo de fachada apaisada. Se trata de la mansión del Deán Ortega, construido a mediados del siglo XVI. Hernando Ortega Salido, ubetense de nacimiento, pertenecía a una estirpe hidalga de la ciudad y se convirtió en deán de la Catedral de Málaga y en capellán mayor de la Sacra Capilla de El Salvador. Esta monumental iglesia-panteón fue mandada construir por Francisco de los Cobos para que algún día acogiera sus restos. La supervisión y administración de las obras corría a cargo del religioso, que era un hombre culto y de gustos refinados. Ortega decidió establecer su residencia privada al lado del templo que regía, siguiendo la tradición de situar la casa eclesiástica junto a la iglesia. Los documentos no aclaran con exactitud cuándo se iniciaron las obras, aunque apuntan a la década de 1540, ya que se tiene constancia de que diez años después se trabajaba en la soladura y en la carpintería. Lamentablemente, el deán Ortega no llegó a habitar la mansión al fallecer en 1571, justo antes de que el edificio fuera rematado. El palacio formó parte de la herencia recibida por Andrés de Ortega-Cabrío, sobrino del deán, que además obtuvo importantes fincas urbanas y agrícolas que su tío había ido acumulando en vida. Las instalaciones del inmueble fueron restauradas y mejoradas por los Ortega en el siglo XVII, quienes mantuvieron la propiedad hasta el siglo XIX.

En el año 1831, Ángel Fernández de Liencres y Pando, primer marqués de Donadío, ex alcalde de Úbeda y caballero de Santiago, adquirió la mansión renacentista, borrando el escudo Ortega de la fachada e instalando el suyo propio. A partir de entonces el palacio pasó a llamarse de Donadío hasta que en 1930 se convirtió en Parador de Turismo, bajo el nombre de Condestable Dávalos.

El edificio, que ha ido evolucionando a lo largo de su historia, consta de dos plantas principales más otra de sótanos. Ocupa un solar alargado y su planta originariamente era rectangular. Además del patio renacentista, de preciosa factura y situado en el centro del edificio, existen otros dos en los extremos del rectángulo original. El Patio de la Taberna representaba la entrada de mercancías y a su alrededor se organizaban los almacenes y la servidumbre. Se accede a él mediante una entrada de carruajes, situada en la fachada Este, junto a la Plaza Padre Antonio.

Mina subterránea. La actual cafetería del Parador, abierta a este patio, formaba parte de la infraestructura de almacenes y aprovisionamiento de víveres. Bajo este nivel existe una red de galerías abovedadas, conocida como la cantina, que aún se conserva. Antaño se hallaba repleta de enormes tinajas de cerámica donde se conservaba vino, aceite y otros productos. En la sala llama la atención la presencia de un pozo que en tiempos de los Ortega enlazaba las nobles estancias de la planta superior con la cisterna. De esta forma el agua resultaba accesible desde los dormitorios. Para garantizarse el suministro, el deán mandó construir una mina subterránea que desviaba el curso de un manantial situado en las afueras. Al otro extremo de la mansión existe un jardín recoleto, conocido como Patio de los Cipreses por los siete ejemplares de esta especie que lo adornan. Este rincón, abierto exclusivamente a determinadas estancias, se encuentra separado de la plaza mediante una tapia de cantería con ventanas enrejadas. Antiguamente era el lugar donde vendían su género los pescaderos de la ciudad. El deán, mediante un acuerdo con el Ayuntamiento, logró intercambiarlo por una parcela con manantial en las afueras, evitando así que la desagradable pestilencia invadiera su casa.

La fachada principal del Palacio del Deán Ortega contribuye sustancialmente a la extraordinaria riqueza arquitectónica que confluye en la Plaza Vázquez de Molina, gracias a su extrema horizontalidad, que contrasta con la verticalidad de la Sacra Capilla de El Salvador. Su estructura es de dos cuerpos que se sustentan en un pronunciado zócalo, con pequeñas ventanas y argollas para asir los caballos. Destacan las ventanas coronadas por frontón triangular de la planta baja, que en la superior se transforman en balcones enmarcados de frontón curvo más decorado, así como la pronunciada cornisa con ovas y dardos, emblemática de la escuela italiana, y, sobre todo, las dos ventanas esquinadas, con sus airosas columnas de mármol.

Escudos familiares. Entre los siete ejes que estructuran la fachada destaca el central, que alberga la portada principal del palacio. Ésta se sitúa sobre una escalinata, flanqueada por dos columnas dóricas. En lo alto de la entrada, dos figuras femeninas aladas sostienen el escudo familiar del marqués de Donadío, que sustituyó a la heráldica de los Ortega. A su lado, sin embargo, sendos ángeles portan escudetes con las armas de Salido, segundo apellido del deán.

La autoría de las trazas del Palacio del Deán le corresponde al arquitecto Andrés de Vandelvira (1505-1575), el gran artista que convirtió Úbeda en la ciudad más destacada del Renacimiento andaluz. Nacido en la localidad albaceteña de Alcaraz, el primer gran reto de su vida fue la construcción de la Sacra Capilla de El Salvador según los planos de Diego de Siloé. Históricos palacios de la ciudad, como el de Vázquez de Molina o el de Vela de los Cobos, además de éste, llevan su rúbrica, así como el Hospital de Santiago. Aunque realizó muchas más obras en la provincia, especialmente en Baeza, el proyecto más importante de su carrera le llegó en la década de los 50 del siglo XVI, al recibir la maestría de la Catedral de Jaén y el encargo de levantar el templo renacentista que aún hoy causa admiración. Sus criterios estéticos influyeron en todo el país e incluso en el Nuevo Mundo, donde el modelo jienense fue aplicado en importantes catedrales.

Parador pionero. La inauguración del Parador de Úbeda, el 10 de noviembre de 1930, supuso un nuevo hito en el turismo en España. Este edificio renacentista y el palacio de los Álvarez de Toledo, en Oropesa, abierto apenas unos meses antes, fueron los primeros Paradores monumentales y, juntos, iniciaron una red de alojamientos en castillos, palacios, conventos y monasterios considerada única en el mundo. Su historia arranca unos años antes: el 14 de enero de 1926. Aquel día, el rey Alfonso XIII, acompañado del general Primo de Rivera, llegó a la ciudad y se alojó en el Palacio del Marqués de la Rambla. Durante la recepción, las autoridades locales se lamentaron por el hecho de no disponer de un hotel donde atender a visitantes ilustres, así que la marquesa pidió al rey que intercediera para solucionar este asunto. Alfonso XIII respondió positivamente y el Ayuntamiento negoció con el marqués de Donadío la adquisición del palacio, cediéndolo al Patronato Nacional de Turismo. A Amalia de Orozco, marquesa de San Juan de Buenavista e hija de la impulsora del proyecto cuatro años antes, se le encomendó la dirección del hotel.

En esas primeras décadas de Paradores existía la tradición de bautizar a los nuevos establecimientos con el nombre de reyes, guerreros y conquistadores. En Úbeda, el personaje escogido fue Ruy López Dávalos (1357-1428), nativo de esta localidad que alcanzó los cargos de valido (primer ministro) de los reyes Enrique III y Juan II, adelantado de Murcia y condestable de Castilla. La inauguración del Parador resultó una jornada festiva para Úbeda. Asistieron las principales personalidades turísticas del país, las autoridades locales y numerosos vecinos. El establecimiento contaba con quince habitaciones, siete de ellas con baño privado, provistas de calefacción central y agua corriente, además de salones comunes, comedor con chimenea, bar y garaje. Un auténtico lujo para la época.

“Soy del condestable”. Un armario expositor, situado en el patio renacentista, aún exhibe parte de la primera vajilla del establecimiento, realizada a imitación de otra del siglo XVII, propiedad de las monjas trinitarias de Andújar. Todas llevan inscrita la leyenda Soy del condestable Dávalos. Salones, patios y demás estancias fueron decorados con lujosas piezas realizadas por artesanos locales, como enrejados, farolas y cerámicas. La cada vez mayor afluencia de viajeros obligó, en los años 60, a ampliar las dependencias. Para ello se edificó un ala nueva, perpendicular al histórico edificio y cosida al Patio de la Taberna. Esta zona fue destinada a habitaciones de personal, garaje de clientes y alcobas de chóferes. En los 80 el edificio sufrió una nueva remodelación íntegra, trasladando a esta zona el restaurante y el Salón del Deán Ortega, donde se mantienen hoy en día. Allí los comensales disfrutan de los sabores típicos de esta tierra, los mismos que en su día se servían a los insignes personajes que habitaban el palacio.

 

 

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