Parador de Santo Estevo

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El monasterio benedictino de Santo Estevo corona, grandioso y solitario, los parajes de la Ribeira Sacra ourensana. Su ubicación aislada, en lo alto de los cañones del Sil, rodeado por bosques de robles y castaños que descienden hasta la ribera, no fue obstáculo para que ya durante la Edad Media su fama trascendiera fronteras. Caminantes y peregrinos relataban entonces que entre las paredes del cenobio acontecían milagros gracias a la presencia de los anillos de nueve obispos santos. Se llamaban Isaura, Vimarasio, Gonzalo Orosio, Fraolengo, Servando, Viliulfo, Pelayo, Alfonso y Pedro, y en los siglos X y XI buscaron refugio entre los monjes de Santo Estevo después de que sus dominios cayeran en manos del invasor sarraceno.

Cuando uno de los prelados fallecía, era enterrado en el claustro de la abadía y su anillo conservado junto a los demás en un cofrecillo de plata. Según la leyenda, su presencia ponía frenéticas a las endemoniadas y el poder que emanaban devolvía la vista a ciegos de nacimiento y levantaba a inmóviles tullidos. Con los años y la reconstrucción del claustro antiguo, los restos de los obispos fueron depositados en nueve urnas que aún hoy se conservan junto al altar mayor de la iglesia.
Refugio de ermitaños. La llegada a Santo Estevo siempre sobrecoge al viajero. El camino desciende entre tupida vegetación y súbitamente se abre al paisaje sobrevolándolo. Irrumpen la belleza apabullante del Sil, que serpentea entre piedra y verdor, y las tejas coloradas del recinto monacal, que se vislumbra como un edificio de proporciones colosales para el lugar inhóspito donde fue erigido.

Las mismas sensaciones tuvieron que percibir aquellos ermitaños de los albores del cristianismo que se refugiaron entre estas peñas en busca de vida espiritual. Esa comunidad de eremitas, próximos a la figura de San Martín Dumiense, el Apóstol de los suevos, constituye, en el siglo VI, el origen del monasterio, considerado uno de los más importantes de Galicia.

En el año 921, el monarca Ordoño II cedió el templo a Franquila, primer abad que restauró las ruinas cenobíticas de los anacoretas e inició una etapa de esplendor, en la que su comunidad cobró gran fama de observancia. De aquellos tiempos surge la leyenda más antigua de Santo Estevo, tras el fallecimiento del rey de Galicia, Sancho Ordóñez (año 929). Doña Goto, su esposa, mandó enterrarlo en el monasterio de Castrelo y, en sufragio por su alma, entregó un vestido de piel a un sacerdote de Santo Estevo. Una noche, cuando la mujer se aplicaba a sus rezos, el espíritu del difunto se le apareció, encadenado entre demonios. Sancho le pidió a su esposa que hiciera el bien para salvar su alma, así que ella siguió un ayuno de 40 días, entre rezos y súplicas. Concluida la penitencia, el rey se le apareció de nuevo ante un altar, liberado y cubierto con el mismo vestido que ella había entregado al sacerdote. Fue entonces a abrazar a su esposo, pero éste se esfumó dejándole entre las manos un jirón de piel del hábito. Doña Goto viajó entonces a Santo Estevo, donde tanto ella como los monjes se quedaron estupefactos al comprobar que al ropaje le faltaba un fragmento y que el hueco coincidía con la porción de cuero traído por la viuda.

El número de monjes en Santo Estevo varía en las distintas épocas, pero fluctúa entre un máximo de 70 y un mínimo de seis u ocho en los momentos más críticos de la abadía, tras distintos incendios que mermaron su capacidad de alojamiento o a causa de los estragos provocados por la peste negra en los siglos XIV y XV. Cuando Santo Estevo deja de ser monasterio, en el siglo XIX, lo habitaban una treintena de religiosos. La vida de éstos transcurría casi en silencio, dedicados al trabajo y la oración. Si no pertenecían a la alta jerarquía, se les asignaba un oficio, como sacristán, boticario, cillerero, cocinero, archivero u organista. Contaban con la ayuda de criados que se ocupaban del ganado, los campos y los ropajes, así como de alguaciles, abogados y escribanos que velaban por sus intereses.

Ilustres alumnos. Los monjes cultivaban por sí mismos una huerta de 3,5 hectáreas. Ésta, sin embargo, les proporcionaba una mínima parte de sus bienes. Santo Estevo constituía una auténtica industria, con posesiones repartidas por las orillas del Sil y el Miño. Además de pesqueras y puertos, poseían tierras de labranza y ganaderas que se arrendaban a los lugareños, así como molinos, cotos de caza, plantaciones de frutales, olivares, prados, sotos de castaños, palomares, colmenas y una extensa superficie de viñedos. La época de mayor crecimiento se registró a partir del siglo XVI, coincidiendo con el advenimiento de la Congregación de San Benito de Valladolid. Santo Estevo vivió una transformación arquitectónica e incrementó su influencia en la comarca, llegando a gestionar 37 iglesias. De 1530 hasta el siglo XIX albergó también Colegio de Artes, donde se formaba a colegiales en Filosofía y Teología. Entre sus más ilustres alumnos figura el padre Benito Jerónimo Feijoo.

El análisis de los topónimos de los pueblos próximos resulta providencial para comprender la influencia de los monjes en la comarca. La cercana aldea de Pombar (“palomar”, en gallego) se sitúa donde antiguamente se criaban las palomas del cenobio. En Alberguería, a cinco kilómetros de distancia, se atendía a los caminantes y se les daba de comer. En Parada Seca también se alojaba al viajero, aunque no se le ofrecía alimento. Los cerdos del monasterio se criaban en Val de Porca, mientras que Corte Cadela (“cuadra” y “perra”, en gallego) era el enclave a donde cabreros y ovejeros, acompañados por sus canes, conducían los rebaños del cenobio tras el pastoreo.

Los patios de la abadía. La fachada principal del monasterio es uno de sus elementos más contemporáneos. De estilo barroco, fue construida en el siglo XVIII y se articula en torno a la portada, coronada por un balcón y un frontón que alberga el escudo real. La flanquean sendas tallas que representan a San Benito y San Vicente Abad, así como el escudo de la orden benedictina y el del propio cenobio, con las nueve mitras de los obispos santos. Pasado el portón de entrada y atravesado el zaguán, el viajero accede a uno de los patios conventuales más descomunales de Galicia. Es el Claustro dos Cabaleiros, amplio, armónico y de tres cuerpos, llamado así porque albergaba las habitaciones donde se alojaban los nobles que visitaban el monasterio. En su mayor parte, sin embargo, se destinaba a hospedar a los estudiantes del Colegio de Artes.

El cuerpo inferior está formado por arcadas de medio punto sobre robustas columnas dóricas. El segundo cuerpo está separado del inferior por una cornisa que sirve de imposta, y el tercero, por su parte, se caracteriza por ventanas de arcos de medio punto apeadas sobre pilastras. Fue construido en estilo renacentista después de un gran incendio acontecido en 1562. Las obras las dirigió el cantero vizcaíno Diego de Isla, también autor del tercer patio, el más pequeño. Una monumental escalera de granito, erigida en 1739, sirve de acceso vertical a las plantas del claustro grande. Destaca por sus dimensiones, su barandilla tallada, su caja cuadrada y su bóveda de crucería, cuyos nervios se apoyan en ménsulas.

El Claustro Dos Bispos es el segundo en dimensiones, aunque el mayor en antigüedad. Posee elementos románicos y del gótico-flamígero y comenzó a erigirse en el año 1220 como un espacio para exaltar la memoria de los nueve obispos santos. Se halla doblemente comunicado con la iglesia a través de unos escalones en la cara sur y otro acceso en el claustro superior que conduce a la tribuna del coro. El cuerpo bajo destaca por la arquería románica, que se apoya sobre columnas gemelas con decorados capiteles, y por la bóveda gótica de crucería. El cuerpo superior, ojival decadente (siglo XVI), luce pares de ventanas gemelas en carpanel, coronadas por una hermosa crestería. Los muros cuentan con gruesos contrafuertes adornados con pináculos, gabletes y agujas.

Cocina del siglo XVII. Uno de los espacios más amplios del cenobio eran las caballerizas, que estaban situadas a un nivel inferior y hoy permanecen ocupadas por el restaurante Dos Abades. Destaca su elevada bóveda, de 14 metros de altura, donde antaño los monjes cuidaban de los mulos y otros animales que utilizaban para trabajar en el campo y transportar bienes a los distintos mercados de la zona. La antigua cocina, anexa al refectorio y al patio pequeño, fue construida en el siglo XVII y se conserva prácticamente intacta. La chimenea se apoya en cuatro columnas sobre las que a su vez reposan los arcos de ocho bóvedas. Este espacio se completaba con otras dos instalaciones situadas en el bosque: la panadería, aislada para prevenir incendios y cuyas ruinas merecen una visita, y el matadero. Bajo la cocina se encuentran las antiguas bodegas, hoy ocupadas por el spa del Parador. Aquí era donde los monjes criaban en toneles los delicados vinos producidos en los márgenes de la Ribeira Sacra. Junto a la cocina, en el mismo patio, se construyó el refectorio de la comunidad, hoy reconvertido en uno de los salones principales del Parador de Santo Estevo. Aquí los monjes comían en silencio, en mesas alargadas, mientras escuchaban las oraciones y pasajes que uno de ellos leía desde el púlpito, que aún se conserva. El resto del monasterio albergaba múltiples celdas, una biblioteca, salas de estudio, ropería, habitaciones de invitados…

Tierra Mítica. El origen de la Ribeira Sacra resulta tan fabuloso como el del propio monasterio. Una leyenda de origen romano atribuye la formación de los cañones de los ríos Sil y Miño a un pasional enfrentamiento entre Júpiter, dios de dioses, y su esposa Juno. La historia cuenta que Júpiter se enamoró de esta tierra con tal intensidad que decidió poseerla, atravesándola con un río y transformándose él mismo en agua para acariciar hasta el último recodo. Mas Juno no se avino a compartir el amor de su marido y, para alejarlo de su hermosa rival, utilizó su poder para abrir una profunda herida en aquel sublime rostro. El odio de la diosa resultó tan intenso que la cicatriz profundizó hasta límites insospechados, dando lugar a los actuales cañones de la Ribeira Sacra, que en algunos puntos alcanzan los 300 metros de profundidad. Esta orografía de laderas escarpadas y espesos bosques atrajo a las comunidades monásticas desde comienzos del cristianismo, de tal forma que esta tierra ya se conoce como Rivoyra Sacrata o Ribeira Sacra en el siglo XII.

Desfiladeros y vides. Los monjes del entorno transformaron el paisaje de la zona, multiplicando el cultivo de vides, plantadas desde tiempos romanos, mediante la construcción de bancales en los desfiladeros del río. La singular e inaccesible estructura de estas plantaciones constituye un espectáculo visual y un notable esfuerzo a la hora de vendimiar, ya que en muchos casos los racimos tienen que ser recolectados a mano, bajados hasta la orilla del río y transportados en barcas a las bodegas. Como sucedió con tantos bienes eclesiásticos, la Desamortización de Mendizábal supuso en el año 1835 el fin de la vida monacal. La Iglesia perdió las fincas, pero logró mantener el templo como parroquia y después recuperó parte del cenobio para usarlo como casa rectoral. El ala de poniente se convirtió en Escuela Nacional, donde niños y niñas estudiaban por separado, hasta hacerse, con el tiempo, colegio mixto. El conjunto fue declarado Monumento Histórico-Artístico en el año 1923, pero no es hasta 1999 cuando el cenobio es sometido a la remodelación arquitectónica que exhibe hoy en día. Fue impulsada por la Xunta de Galicia, según un innovador proyecto diseñado por el arquitecto Alfredo Freixedo, que conjuga la piedra con materiales mucho más contemporáneos. En 2004 por fin abrió sus puertas convertido ya en el Parador de Turismo de Santo Estevo.

 

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