Sidi Mehrez (Djerba): La isla de las arenas de oro

Sidi Mehrez está formada por varias playas separadas entre sí por formaciones rocosas y hoteles.

Sidi Mehrez está formada por varias playas separadas entre sí por formaciones rocosas y hoteles.

Un pequeño gesto basta para subir el precio de la mercancía en plena puja. Porque, aunque parezca extraño, el silencio reina durante la subasta de pescado que cada día tiene lugar, a las nueve de la mañana, en el mercado central de Houmt-Souk. Los pulpos capturados de forma tradicional, en ánforas, son los ejemplares más codiciados, también los que más miradas atraen entre los viajeros que se dejan caer por aquí antes de sucumbir a las tentaciones de los zocos cercanos. Hay telas de mil colores, joyas bereberes, cerámica blanca y roja… No hay que excederse. Conviene ir ligero de equipaje si lo que se quiere es subir a una de las embarcaciones que conectan la capital de la isla con la península de Ras Rmel.

Es un barco pirata, que recuerda más al que usaba el corsario turco Barbarroja, constructor aquí mismo de una torre de calaveras, que al que seguramente utilizó Ulises durante su viaje de regreso a Ítaca. El protagonista de La Odisea fue uno de los primeros visitantes de Djerba, muy a su pesar. Tras una tempestad se vio obligado a recalar en ella, pero en vez de paz se encontró con problemas: sus hombres comieron las flores de loto, dulces como la miel, que les ofrecieron sus habitantes, y perdieron la cabeza. Rumbo a Ras Rmel todos los pasajeros recuerdan la historia, pero los delfines que se dejan ver entre las olas durante el trayecto no tienen aspecto de enemigos peligrosos. Cuando el velero por fin llega a su destino, comienza otro pequeño periplo. La península que es la meta final es también el principio de una playa, la de Sidi Mehrez, que, de pronto, parece infinita.

Una media luna dorada

No hay carteles que anuncien que hemos llegado. Solo flamencos que pintan de rosa el inicio de esta playa que se extiende, en forma de media luna, por el noreste de la isla de Djerba, la más grande del norte de África, en el golfo de Gabés, conectada al continente por el puente de El Kantara. Hay quien dice que la arena más bonita de Túnez, “de oro” según Flauvert, no está en el desierto, sino aquí mismo, en Sidi Mehrez, que en realidad no es una sino muchas playas, separadas entre sí por formaciones rocosas y hoteles que nada tienen que ver con los menzel, las viviendas tradicionales. Estamos en lo que se conoce con el nombre de Zona Turística, ya que la mayor parte del resto de la costa no es apta para el baño. El sol es aquí generoso y el mar sumiso, con una brisa siempre agradable, ese bendito viento del este, que proporciona un frescor que en verano y en Túnez es un regalo. Volvamos a Gustave Flauvert: “Djerba es una isla cubierta de polvo de oro, de vegetación y de pájaros, donde los limoneros son altos como cedros, donde el aire es tan dulce que empacha hasta morir”. Un aire que hace mecerse a las palmeras que bordean, vigilan y protegen Sidi Mehrez. Unas esbeltas palmeras de las que nada sobra: del tronco salen puertas, de las hojas abanicos, de la savia licor, de sus fibras hamacas como todas las que desde aquí contemplan plácidamente el mar Mediterráneo.

Calma y acción

Hasta los años 50 del pasado siglo, los habitantes de Djerba, y, por extensión de todo Túnez, no acostumbraban a pasar un día en la playa. Tan solo la frecuentaban durante la ziara, tradicional peregrinación para visitar los morabitos. La llegada a la isla de las primeras empresas hoteleras y el posterior desarrollo del turismo en la década de los 60 convirtieron a Sidi Mehrez en un destino soñado, la cara más sofisticada y relajada de una isla donde los olivos y las mezquitas, más de cien, cubren el paisaje en el interior. “Marhababic, bienvenue al país de los contrastes”, dicen los comerciantes locales mezclando con gracia todos los idiomas posibles. Y es verdad. la isla de Djerba es una tierra de contrastes. Ese entorno austero en torno al centro, su verdadero corazón, se hace exuberante ya cerca del mar, cuyas aguas son consideradas como un auténtico tesoro desde que comenzaran a abrir sus puertas en la misma playa exquisitos centros de talasoterapia. Hay quien prefiere, sin embargo, olvidarse de la relajación y derrochar toda la adrenalina posible practicando windsurf, uno de los deportes acuáticos más extendidos en el litoral, con numerosas escuelas para aprender a dominar los vientos.

Todas las tentaciones

En la isla no queda rastro alguno de aquellos lotos embriagadores que produjeron amnesia a la tripulación de Ulises. Su lugar lo ocupan uvas, higos, granadas, dátiles… Aunque no hay que dejar lugar a las dudas: la gastronomía en la isla es toda una tentación. Cuscús, calamares rellenos de hierbas, anchoas secas… Los restaurantes de los hoteles de Sidi Mehrez ofrecen todo el Mediterráneo en su carta.

Pero estamos en Djerba y, por mucho que la playa actúe como un imán para cualquier mortal, hay que descubrir el resto de la isla, su historia y sus leyendas. En Ajim, por ejemplo, alguien debería explicarnos cómo los pescadores capturan esponjas casi con el mismo método desde hace siglos, y en Er Riadh cómo un grupo de judíos que huían de la destrucción de Jerusalén a manos de Nabucodonosor construyó la sinagoga de La Ghriba. Los amantes de las civilizaciones antiguas disfrutarán imaginando cómo era la vida en el siglo III a.C. en la ciudad cartaginesa de Meninx, con ruinas de gran valor arqueológico. Y todos, con un té en la mano y con la vista fijada en cualquier punto del horizonte, que aquí solo puede ser blanco puro, verde oliva o azul de mar.

Hoteles: Con agua de mar

Situada al sur de Túnez, la isla de Djerba encuentra, sin embargo, en el norte su principal zona turística, en el área de influencia de la ciudad de Midoun, frente a una extensa playa que, para muchos, es un auténtico oasis. Es ahí donde se alza el Hasdrubal Thalassa & Spa Djerba (www.hasdrubal-thalassa.com), en cuyas inmediaciones se encuentran grandes atracciones para los viajeros, entre ellas, un casino y un campo de golf de 27 hoyos. La decoración conserva un cierto sabor árabe, con fuentes casi en cada rincón, unos fantásticos jardines y una piscina cuyas aguas parecen fundirse con las de la misma playa. En Le Cafe Maure los clientes pueden sentir todo el encanto de Túnez, con un café turco o un té a la menta en la mano y fumando en narguile. El hammam es aquí un buen sitio para relajarse pero no el único, ya que el hotel cuenta con su propio centro de talasoterapia, con cabinas donde se realizan tratamientos a base de agua de mar y algas.

Rodeado de palmeras, justo al comienzo de la playa de Sidi Mehrez, el Radisson Blu Resort & Thalasso (www.radissonblu.com) impresiona con su blanca y poderosa silueta que más bien parece una mezquita. Sus habitaciones, decoradas con ricas telas e intensos colores, se abren de par en par al mar, sobre todo las suites, dotadas de espectaculares terrazas. El restaurante Flamingo ofrece las mejores especialidades de Túnez, pero con un toque de vanguardia. Aires de modernidad que también se sienten en el Café Mokka, que organiza noches beduinas con música y bailes tradicionales. En el Athénée Thalasso, todo un referente internacional para el turismo termal, los huéspedes pueden descubrir las bondades del Mediterráneo en baños cromáticos y masajes bajo la ducha que intentan fortalecer el equilibrio entre cuerpo y mente.

De las duchas del centro termal del Djerba Plaza Thalasso & Spa (www.djerbaplaza.com) sale directamente agua de mar. Su hammam parece extraído de un cuento de Las mil y una noches, aunque su restaurante, con platos típicos de todas las gastronomías del planeta quiera devolvernos a un mundo mucho más globalizado.