Cataratas del Niágara [EE UU y Canadá]: Rugidos de película

Las cataratas del Niágara, formadas por tres caídas de agua, sirven de frontera natural entre EE UU y Canadá.

La fama de las cataratas del río Niágara eclipsa el encanto de la región de los grandes lagos y, aunque pueden defraudar, es una visita inevitable si se está por la zona. Típico destino de luna de miel desde que el hermano de Napoleón viajó con su esposa, catorce millones de turistas llegan hasta aquí cada año enfundados en los plásticos azules y amarillos que se reparten en los barcos para no acabar empapados. Litros y litros de agua caen cada segundo incluso en invierno, cuando los bordes se hielan. Solo en contadas ocasiones el agua ha dejado de precipitarse al vacío; la primera vez el domingo de Pascua de 1848, cuando se congeló. Su formación, como la de los grandes lagos y el río Niágara (que significa “trueno de agua” en lengua nativa), se produjo durante la glaciación, hace unos 10.000 años. Un enorme glaciar avanzó sobre el área oriental de Canadá como una gran excavadora, moliendo rocas y suelo, removiéndolos y profundizando algunos canales de ríos hasta convertirlos en lagos.

Tribus, datos históricos y experiencias acuáticas

Los ongiara eran los habitantes originarios de la región, una tribu iroquesa llamada “los neutrales” por los conquistadores franceses, que los utilizaron como mediadores de disputas con otras tribus. El navegante francés y fundador de la ciudad de Québec, Samuel de Champlain, fue el primer europeo que escribió sobre las cataratas en su diario de viaje en 1604, pero nunca las vio. Quien sí estuvo allí fue el naturalista Pehr Kalm, en una expedición a principios del siglo XVIII. Antes que él, los historiadores coinciden en que el padre Louis Hennepin las vio y describió en 1677 tras viajar a la zona con el explorador René Robert Cavelier de La Salle. Las Niágara son en realidad dos cataratas, ya que la isla de Goat divide el río en dos canales. A un lado de la frontera, las canadienses Horseshoe Falls; al otro, las estadounidenses American Falls, más pequeñas, de 30 metros de ancho. La travesía en barco Maid of Mist es la mejor forma de sentir su fuerza. Los barcos salen del embarcadero junto a Clifton Hill y se abren camino, río arriba, hasta donde las aguas se estrellan. Los turistas no dejan de tirar fotos con los ojos medio cerrados y los objetivos mojados, y los “ooohhh” se escuchan constantemente entre los compañeros de travesía.

Las cataratas de la herradura

Otra opción es el descenso por los túneles rocosos hasta detrás de las Horseshoe Falls, con un estruendo ensordecedor y un muro de agua que llega a ocultar la luz del día. Es la propuesta de Great Gorge Adventure: un ascensor y un túnel que conducen desde lo alto de la garganta a una pasarela junto al río. Estas cataratas de la herradura deben el nombre a su forma, tienen 800 metros de ancho y 50 de alto y están formadas por las aguas del río Niágara, que une los lagos Erie y Ontario, al caer por el acantilado. El caudal está regulado por las compañías hidroeléctricas, y el funcionamiento de sus turbinas ha modificado la erosión. A principios del siglo XX las cataratas erosionaban un metro al año el acantilado. Hoy, solo 30 centímetros. Frente a ellas, el puente Rainbow cruza la garganta que separa Estados Unidos de Canadá, con vistas de las cascadas y el arco iris asegurado en días soleados. Al otro lado del puente, en la parte canadiense, el Niagara Falls Museum muestra objetos referentes a las cataratas y fotos de los aventureros que las han descendido en una campana de buzo o un barril.

Niagara Falls, ciudad

La localidad de Niagara Falls se extiende unos tres kilómetros a orillas del río y se ha convertido en un pequeño Las Vegas, con casinos, cadenas de comida rápida, moteles, insólitas atracciones turísticas y sex shops. Al sur están las cataratas, con un parque que recorre la orilla del río hasta Clifton Hill. Al oeste quedan los hoteles en Lundy’s Lane. Al norte, en Bridge Street, están las estaciones de trenes y autobuses. Clifton Hill es una calle pequeña llena de carteles que anuncian lugares tan freakies como la casa de Frankenstein, el museo Houdini, el Libro Guinness de los Récords o Ripley’s Believe it or Not! Museum, que propone desde hablar con el genio de una botella de cristal hasta ver a un perro con dientes humanos. Old Scow es otra de las atracciones en este peculiar viaje. Es una balsa que se estrelló en 1918 y quedó encallada en las rocas, al borde de las cataratas. Los dos ocupantes sobrevivieron, aunque tuvieron que esperar más de un día para ser rescatados. Entre tantas opciones al más puro estilo americano está la Niagara Glen Nature Reserve, una pequeña reserva natural a pocos kilómetros de las cataratas, bien conservada y con senderos entre las rocas para disfrutar de los arbustos y flores silvestres de la zona. También hay que ver los Whirlpool Rapids, a cuatro kilómetros de las cataratas, donde el río hace un giro muy pronunciado y crea un peligroso remolino. Para verlo hay que subirse al Spanish Aero Car, funicular que cruza la garganta. El jardín botánico, a nueve kilómetros río abajo, alberga 40 hectáreas de jardines con más de dos mil variedades de rosas y raras especies de todo el mundo. Más popular y también muy del gusto americano es el invernadero de mariposas, con una de las mayores colecciones del mundo.

Hoteles: El hotel de Marilyn

El hotel más visitado de las cataratas del Niágara lo es porque una vez estuvo allí “la tentación rubia” y por las cenas en su restaurante del piso 10, con vistas a las cataratas y cuya cocina está dirigida por el televisivo chef Massimo Capra. Hoy forma parte de la cadena Crowne Plaza (www.niagarafallscrowneplazahotel.com), pero cuando se construyó a finales de los años 20 era el Brock Plaza Hotel –en honor a un héroe canadiense, el general Isaac Brock–, costó 1,5 millones de dólares de la época y tenía 260 habitaciones, un jardín en la azotea y una gran sala de baile. Fue el primer hotel de lujo de la zona y acogió a Marilyn Monroe durante el rodaje de la película Niágara en 1953. También se han hospedado en él Walt Disney, Shirley Temple, James Stewart, la princesa Margarita y la reina Isabel de Inglaterra, Sylvester Stallone, Matt Dillon, Bruce Willis, Jackie Chan… El hotel aparece al final de Falsas apariencias, film de Matthew Perry y Bruce Willis. Las cadenas Marriott, Double Tree, Sheraton y Hilton están presentes en este popular destino turístico con los alojamientos cinco estrellas más grandes. Torres con vistas para disfrutar del paisaje, que de eso se trata, incluso por la noche, cuando se iluminan las aguas –a falta de habitación con vistas, se puede subir al mirador de la Skylon Tower–. Otra opción es alejarse de ese pequeño Las Vegas y optar por un lugar más tranquilo como el Oban Inn (www.obaninn.ca), a 15 minutos en coche de las cataratas. Acogedor, con vistas al lago Ontario y a pocos minutos andando del centro del histórico pueblo Niagara-on-the-Lake, el Oba Inn ocupa el lugar donde se levantaba un edificio protegido de 1824. Nació como la residencia de un capitán procedente de Oban (Escocia), que decidió convertirlo en hotel para acoger a huéspedes de todo el mundo. El edificio se incendió en la Navidad de 1992 y al año siguiente se reabrió como una réplica exacta. Hoy alberga 26 acogedoras habitaciones, un lujoso Spa, restaurante y cava gourmet, cuidados jardines y piscina.