Macizo del Paine [Chile]: Escenografía austral

El Parque Nacional Torres del Paine fue creado en 1959 y declarado Reserva de
la Biosfera en 1978.

No hay demasiadas aglomeraciones de turistas en el Paine. Nada que ver con los parques de Norteamérica o el vecino Parque Nacional de los Glaciares argentino, donde, en determinadas épocas del año, hay que abrirse paso entre cientos de cabezas para contemplar el espectáculo de la naturaleza. Influye, sobre todo, el hecho de que el acceso a Torres del Paine desde los núcleos de comunicación más próximos –Puerto Natales y Punta Arenas, en Chile; Calafate, en Argentina– no sea demasiado cómodo ni rápido: a través de serpenteantes carreteras de montaña asfaltadas solo en parte. Aunque también se llega en zodiac, desde Puerto Natales, a través del río Serrano, en un viaje que tiene más de aventura que de traslado.

El hecho cierto es que el tiempo y las distancias a cubrir para llegar hasta aquí tienen una recompensa más que considerable en cuanto se divisa el macizo que da nombre al parque, cuyas alargadas cumbres presiden las más de 227.000 hectáreas de espacio protegido. Si sobrecoge la primera visión de las Torres del Paine, más lo hace la panorámica a pie de los lagos del parque, como el Pehoe (o Pehoé), que devuelven sobre sus cristalinas superficies la doble imagen de unas cumbres que suponen un auténtico símbolo de Chile.

Un espacio protegido

En la placidez de la contemplación de tan epatantes paisajes, resulta difícil concebir que este espacio natural haya estado seriamente amenazado a lo largo del último siglo (y que aún lo esté). Primero, cuando desde principios del siglo XX y hasta los años 60 los desmanes de los ganaderos esquilmaron, contaminaron y modificaron los recursos de la zona. Entre las herramientas utilizadas para este fin, el fuego fue la más expeditiva. Por fortuna, la declaración de Torres del Paine como Parque Nacional en 1959, y su reconocimiento en 1978 como Reserva de la Biosfera por parte de la Unesco, pusieron coto a tanta sinrazón. No así a incendios ocasionales, provocados por la imprudencia de algunos visitantes: uno de ellos, por ejemplo, calcinó en 2005 más de 11.000 hectáreas de espacio protegido.

Ecosistemas, fauna, macizos y lagos

Hoy las especies animales y vegetales que habitan el parque parecen vivir una tregua, ojalá definitiva, con el hombre. De hecho, muchos de ellos no sienten la presencia humana como una amenaza. Por eso resulta relativamente fácil acercarse y conseguir fotos, a escasos metros de distancia, de especies como guanacos (un camélido alpino), huemules (cérvidos autóctonos), gatos de Geoffroy, zorros culpeos o chingues patagónicos (animal que, como la mofeta, se defiende de los depredadores expeliendo un olor pestilente). Más raros son los avistamientos de pumas y bastante más frecuentes los de aves como ñandús, cachañas (un tipo de loro), caiquenes (ánsares), carpinteros negros y los reyes de los cielos andinos, los cóndores, cuyas alas extendidas alcanzan los tres metros de longitud.

Todos estos animales, entre las 160 especies de mamíferos, aves, peces, reptiles y anfibios catalogados, habitan en los cuatro escosistemas del parque –tundra andina, matorral preandino, bosque caducifolio magallánico y estepa patagónica–, que conforman paisajes de un gran impacto visual. Entre los más fotografiados por los visitantes están los macizos montañosos de Torres del Paine, el de Cerro Paine, con una altura máxima de 3.050 metros, y el de Cuernos del Paine; lagos como el ya mencionado Pehoe, así como Grey, Nordenskjöld y Sarmiento; ríos como el Paine e impresionantes glaciares, como Geikie, Grey, Tyndall y Pingo, todos ellos parte del Campo de Hielo Patagónico Sur, inmensa extensión de lenguas de hielo milenarias, compartida con Argentina.

Recorrer el Paine a pie, a caballo o sobre glaciares

Para experimentar un contacto pleno con la biodiversidad del Paine, nada como pernoctar en alguna de las zonas de acampada distribuidas en diferentes zonas del parque. Aunque también se puede dormir en los alojamientos situados en el entorno de la zona protegida. Se elija una u otra opción, lo que parece claro es que no hay que dejar pasar la oportunidad de recorrer cualquiera de los muchos senderos que cruzan el parque nacional. Experiencia que la mayor parte de los visitantes realizan a pie pero que, en determinadas rutas, también puede realizarse a caballo.

Entre las más espectaculares se encuentran las que llevan al mirador Sierra del Toro, a la cascada del río Paine, a Salto Grande (con la mejor vista de la cordillera), a la Laguna Azul, la excursión entre Portería Sarmiento y la Laguna Amarga –en unas dos horas de camino conecta los dos principales accesos al parque– o el Sendero de la Naturaleza Mirador Cóndor, recorrido que, aparte de una visión global de los diferentes ecosistemas del parque, permite conocer parte de su flora y microfauna. Para los más intrépidos, resulta muy recomendable la caminata sobre la gélida superficie del glaciar Grey, entre grietas y agujeros de increíble profundidad, donde el hielo, envejecido a lo largo de los siglos, adquiere inimaginables tonalidades de un azul intenso.

Hoteler: A los pies del gigante

Si Torres del Paine es conocido en el mundo es, sobre todo, por un hotel realmente excepcional: Explora-Hotel Salto Chico (www.explora.com), con 49 encantadoras habitaciones y que abrió sus puertas en 1993. Su arquitectura se integra de una forma armónica y sencilla con el paisaje y está en pleno corazón del parque, junto a la cascada de Salto Chico, desde donde se domina buena parte del macizo montañoso y dos de las “torres” que lo han hecho famoso. Aparte de la cocina de su restaurante (no hay que dejar pasar la oportunidad de probar la centolla austral y el cordero magallánico), merece la pena disfrutar de alguno de los tratamientos de las Casas de Baños del Ona, situadas a 100 metros del hotel. Pero una experiencia, aún más natural si cabe, es la de dormir en Patagonia Camp (www.patagoniacamp.com), aunque nada que ver con lo que entendemos como un camping. De hecho, los huéspedes se alojan en alguna de las 18 yurtas –tiendas de campaña al estilo mongol–, dotadas de baño y terraza privados, con comodidades inimaginables cuando se piensa en un alojamiento a cielo abierto. Se encuentra junto al lago Toro, con vistas al macizo del Paine, e inmerso en un bosque de lengas –planta de la familia de nuestros robles–. Quienes busquen aún más comodidad, pueden disfrutarla en el Hotel Las Torres (www.lastorres.com/es), que tiene una decoración entre lo rústico chic y el refugio de montaña. No obstante, conviene aclarar que este hotel ofrece 84 habitaciones, incluyendo dos suites, un Spa-boutique cuyos tratamientos utilizan elementos de la naturaleza del país, el restaurante Coirón donde se sirven platos de gastronomía chilena, un bar y un pequeño centro de interpretación de la naturaleza del parque. Más sencillas son las 44 habitaciones del Hotel Cabañas del Paine (www.cabanasdelpaine.cl/es), realizadas en madera y distribuidas entre un edificio central y varias cabañas independientes. Entre los servicios más interesantes de este alojamiento está su programa de excursiones y actividades en el interior del parque nacional.