Puerto Princesa [Filipinas]: Una ecociudad en la selva

El río subterráneo mide más de 8 kilómetros y es una de las Siete Maravillas Naturales del Mundo.

Será por su atmósfera somnolienta, por sus calles limpísimas y arboladas o por esa laguna circundada de bosques centenarios que ya deja adivinar junglas y bahías, playas salvajes y solitarias y cuevas sinuosas que son, más que reliquias arqueológicas, auténticas catedrales de caliza. Será por todo esto por lo que Puerto Princesa es, probablemente, la ciudad más atractiva de Filipinas. Pero es por su respeto a la naturaleza, por su mimo sin fisuras a la tierra, por lo que se ha ganado, además, el título de la metrópolis más verde, el refugio más ecológico dentro de ese microcosmos tropical que conforma el país asiático. Porque esta comisura de agua y tierra a la que los españoles bautizaron en su día como Princesa de los puertos (de ahí su nombre) no solo tiene el privilegio de asentarse en una bella formación geológica donde ríos y cascadas dan vida a una fabulosa flora y fauna sino que, además, tiene el buen gusto de dedicar todos sus esfuerzos a preservarlo del deterioro humano. Puerto Princesa es, por así decirlo, una ecociudad, esto es, un modelo para el ecoturismo. Por algo guarda en su haber una generosa lista de premios en reconocimiento a su labor medioambiental y sus programas de paz y orden público. Escorada en la esquina suroeste del archipiélago, Puerto, como la llaman los lugareños, es la capital de la mayor provincia filipina, Palawan, una isla alargada como una barra de pan y desmigajada en sus extremos en un puzzle de isletas y atolones que son la viva imagen del Edén.

En su núcleo urbano, que contrasta por su extrema pulcritud con el resto de las ciudades del país, se suceden las iglesias y los museos, como la catedral de la Inmaculada Concepción, muy cerca del Parque Rizal, o el Karimikutan Café Art Gallery, que es el más famoso centro cultural. Un escaparate para el arte local, donde a menudo se celebran sesiones de lectura de poesía y ruidosos conciertos de rock étnico. Y donde también se puede contemplar un buen puñado de orquídeas endémicas y de árboles tropicales autóctonos. Pero Puerto Princesa, que pese a su tendencia a la modernidad ha sabido conservar ese aire colonial de pueblo tranquilo, presume de otros atractivos más allá de su cogollo de asfalto. Así, un primer contacto con su naturaleza comenzaría en la bahía, con un paseo al atardecer ante una memorable panorámica o con un mini-crucero entre los manglares en un bote pequeño y lento. Eso si uno no se anima aún a embarcarse en alguna de las excursiones que parten de su propio puerto y que tienen como destino las maravillas del Mar de Sulú. Entre ellas, por ejemplo, las islas Cuyo o los arrecifes de Tubbataha.

Surcando el interior de la tierra

Cerca de la ciudad está también el Instituto de Cría de Cocodrilos, donde se puede asistir a una visita educativa o comprar bolsos y zapatos elaborados con la piel de este espectacular reptil. Avanzando hacia el sudeste aparece un curioso destino en el que no suelen faltar los turistas: el Iwahig Prison and Penal Farm o la singularísima prisión sin muros. Se trata de una gigantesca granja penal en la que los prisioneros pueden vagar por hermosos campos de arroz a cambio de desempeñar labores en los huertos o diseñar y producir artículos de artesanía en ébano y madreperla.
Más allá de estas visitas, nadie puede abandonar Puerto Princesa sin navegar antes por el río subterráneo, uno de los más largos del planeta. Esta joya de la naturaleza, que fue elegida una de las Siete Maravillas Naturales del Mundo y declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, circula a lo largo de más de ocho kilómetros por las entrañas semisumergidas del Parque Nacional del Río Subterráneo de Puerto Princesa. Nada puede haber más fascinante que adentrarse en este universo surrealista de estalactitas enormes que dibujan alocadas figuras, lagunas heladas de colores imposibles y cavernas con formaciones que ya preludiaron, mucho antes de la invención del cine, las más bellas imágenes de la ciencia ficción. El silencio, tan solo roto por los chillidos de los murciélagos, acompaña el curso del río hasta su fin, cuando vacía sus aguas en el Mar de China entre colonias de ardillas, monos y lagartos.

Islotes de ensueño

Es esta asombrosa vida salvaje la que hace de Puerto Princesa un rincón especial, con incomparables paisajes que albergan hasta once ecosistemas: de la selva húmeda a los bosques montañosos, pasando por las playas impolutas y rebosantes de arrecifes, por ese océano esmeralda que fue, para Jacques Cousteau, una “jungla submarina” que le marcaría para siempre. Pocos lugares proporcionan zambullidas tan apasionantes como las de estas aguas en las que, a los tesoros de sus fondos marinos, se añade el aliciente de reunir restos de barcos y aviones hundidos durante la Segunda Guerra Mundial y que tienen, sobre todo, origen japonés.

Los islotes de Bahía Honda, rodeados de arrecifes a tan solo diez kilómetros al norte de Puerto Princesa, cumplen con las exigencias de los lugares extraordinarios para la práctica del buceo. Basta con Snake, llamado así por su forma de serpiente, o Starfish, por las estrellas de mar que se concentran en su orilla, para comprobar que, más que a la realidad, pertenecen a un mundo onírico.

Hoteles: Entre mares de coral

Unas vistas fabulosas sobre la bahía, con el marco de las montañas de fondo, convierten el Marina de Bay (www.marinadebay-palawan.com) en la opción hotelera más apetecible del entorno. Porque en este exclusivo resort emplazado en un apéndice de Puerto Princesa, a escasos 20 minutos del aeropuerto, no solo prima el confort de sus sencillas villas de ladrillo rodeadas de manglares y jardines sino también la magia de sus noches, iluminadas por miles de estrellas. El Legend Hotel (www.legendpalawan-puertoprincesa.com), en la propia ciudad, resulta algo más funcional, aunque es una acertada base de operaciones para explorar las maravillas del lugar. Más apartado, sin embargo, el Balsahan River Swimming Resort proporciona un reconfortante baño en las frescas aguas del río Balsahan, dentro de un pintoresco paraje salpicado de bosques y cascadas. Desde aquí, por cierto, tan solo hay un corto paseo hasta uno de los grandes atractivos: el Iwahig Prison and Penal Farm o la singularísima prisión sin muros. Pero conviene desplazarse al nordeste de Puerto Princesa en busca del exotismo de sus playas de arena blanca y aguas cristalinas. En esta esquina de la capital, adonde se llega a bordo de una cadenciosa banca filipina, aguarda el ramillete de islotes de Bahía Honda, custodiado de tesoros coralinos. En uno de ellos, Arrecife, el resort Dos Palmas Island (www.dospalmas.com.ph) brinda una estancia salvaje en sus exquisitas cabañas sobre pilotes por encima del agua. Además, este alojamiento férreamente comprometido con la protección del medio ambiente ofrece memorables experiencias de esnórquel o buceo y facilita la equipación necesaria para gran variedad de deportes acuáticos. Y para una experiencia de lujo en un enclave único se crearon los resorts El Nido (www.elnidoresorts.com) en las idílicas islas del norte de Palawan. Hará falta llegar en avión desde Puerto Princesa, o en coche a través de un camino agreste que requiere más de medio día. Pero merece la pena. Dormir una noche en Miniloc, Pangulasian o Lagen es lo más parecido al paraíso.