Acantilados de Moher [Irlanda]: los vigías del Atlántico

En Moher anidan 30.000 aves de más de veinte especies. La más curiosa es el frailecillo atlántico.

Llegar a los acantilados de Moher en coche es toda una aventura y una experiencia de las que dejan huella. Sobre todo si es la primera vez que se conduce en Irlanda, donde hay que poner los cinco sentidos y alguno más para que el vehículo llegue intacto a su destino. Moher, la gran atracción turística del país, está al suroeste de Irlanda, en el condado de Clare. Los acantilados se levantan 120 metros sobre el Atlántico en Hag’s Head y así siguen durante ocho kilómetros al norte hasta O’Brien’s Tower, donde alcanzan su altura máxima: 214 metros. Todo un prodigio de la naturaleza que recibe un millón de visitantes al año, como lleva haciendo desde el siglo XIX, cuando Sir Cornelius O’Brien levantó esta torre circular de piedra en 1835 para impresionar a las mujeres que se acercaban hasta los acantilados y como punto de observación para los turistas, que ya entonces eran muchos. O’Brien era descendiente de Brian Boru, rey de Thomond. Adelantado a su tiempo, siempre creyó que el turismo beneficiaría a la economía local y sacaría a los irlandeses de la pobreza. Cornelius también levantó un muro a lo largo de los acantilados, y sus construcciones eran tan populares en la zona, que de él se decía que “construyó todo, excepto los cliffs”. Desde la torre se ven los Maumturks, la montaña Twelve Pins (al norte), Loop Head (al sur) y las islas Aran, en la bahía de Galway. En estas últimas sólo se habla irlandés y parece que el tiempo se ha detenido. En Inishmór, la más grande, está Dún Aengus, viejo fuerte de piedra sobre un escarpado acantilado.

Todo sobre Moher

Volviendo a los acantilados de Moher, tienen el mismo nombre que un viejo fuerte que existió en el punto más al sur, en Hag’s Head, demolido en 1808. En su lugar hay otra torre construida como punto de observación durante las guerras napoleónicas. Capas de piedra caliza forman los Moher, con las rocas más antiguas sosteniendo los acantilados. Unas 30.000 aves de más de veinte especies viven en este espacio protegido, entre ellas el frailecillo atlántico en la pequeña isla de Goat. También hay halcones, gaviotas, cormoranes o cuervos. El lugar es tan popular, que el condado de Clare planeó y construyó durante diecisiete años el Cliffs of Moher Visitor Experience, inaugurado en 2007 con el objetivo de que los visitantes disfruten de los acantilados y puedan informarse en un centro cuya arquitectura está en plena armonía con el paisaje. Situado dentro de una colina, este espacio utiliza además energías renovables, paneles solares y agua reciclada. Costó 32 millones de euros y lo cuenta todo sobre los cliffs, que también se pueden ver desde el mar tomando cualquiera de los ferries que parten de Doolin, pueblo famoso por la música tradicional conocida como trad, el alma de los pubs irlandeses junto con la cerveza. Los acantilados han servido de escenario a películas como La princesa prometida o Harry Potter y el misterio del príncipe, así como a los vídeos musicales de bandas como Maroon 5.

The Burren, Galway y Salthill

Muy cerca de Moher está The Burren, el más pequeño de los seis parques nacionales del país, de tan solo 15 kilómetros cuadrados. Pero la zona es mucho más extensa. Es un peculiar paisaje kárstico de 300 kilómetros cuadrados especialmente interesante desde el punto de vista arqueológico. Allí están las fortificaciones circulares de Cahercommaun y Caherconnell, el dolmen de Poulnabrone, más de 90 tumbas megalíticas, cruces celtas en el pueblo de Kilfenora y la Abadía de Corcomroe. Pero si hay un sitio imprescindible en la zona, perfecto como base para las visitas diarias, es Galway. Esta joven ciudad, llena de universitarios, es tan vibrante que se ha convertido en la escapada preferida de los dublineses durante el fin de semana. Compacta y bien conservada, lo que más engancha de Galway son sus pubs. Lugares como The Crane, Taaffe’s, con sesiones de trad todas las noches, o The Blue Note, con su brillante fachada pintada de colores y su música en directo. Las calles son históricas, pero tienen cierto aire contemporáneo gracias a los jóvenes estudiantes, que suponen un cuarto de su población. También destaca por sus muros medievales y por sus puentes sobre el río Corrib. Un largo paseo lleva hasta la orilla del mar, donde queda Salthill, en la bahía de Galway, enormemente famosa por su producción de ostras. Las opciones para comer y beber son muchas y muy apetecibles en esta ciudad donde se pueden comprar verduras de los agricultores locales en el mercado o probar la nueva cocina irlandesa. Beber una cerveza Guinness o Galway Hooker, incluso un café irlandés con whiskey, son un must en Galway, a cubierto de la lluvia que suele acompañar sus días. Conocida como la más irlandesa de las ciudades de Irlanda, hay quien teme que se esté contagiando de esa globalización que antes de la crisis invadió el ya no tan fiero tigre celta. Pero, por ahora, parece que su espíritu resiste y cualquier lugareño está dispuesto a explicar con paciencia el arte de servir una pinta de Guinness, todo un baluarte en Séhán Ua Neáchtain, pub de nombre imposible del siglo XIX en el número 17 de Upper Cross Street, donde evitan a toda costa el sacrilegio de dibujar un trébol en la cerveza, como hacen en los locales más turísticos.

Hoteles: Clásicos irlandeses

Los mejores hoteles de Irlanda ocupan castillos y mansiones, y suelen ser muy clásicos en su decoración, salvo en Dublín, la ciudad más moderna del país. The Lodge at Doonbeg, en el condado de Clare (www.doonbeglodge.com), es un cinco estrellas especialmente recomendable para golfistas, pues cuenta con un campo propio inaugurado en 2002, y para amantes de la pesca, de los paseos a caballo por la montaña o de aquellos que quieran avistar delfines a bordo de un barco. La decoración cambia en cada habitación y la carta de sus dos restaurantes está diseñada por Tom Colicchio, famoso chef que triunfa en los neoyorquinos Gramercy Tavern y Craft. Tampoco faltan los tratamientos con sales, algas y extractos de hierbas en su reconfortante Spa. The g Hotel en Galway (www.theghotel.ie) recibe a los huéspedes con un muro en la recepción diseñado por Philip Treacy y tres bares donde probar sus cócteles. Los tonos dorado, rosa y azul predominan en las zonas comunes, mientras que en las 101 habitaciones se repite el toque Treacy, que ha seleccionado desde el papel de las paredes a la iluminación, los muebles y las obras de arte, todo inspirado en los paisajes y la costa del condado de Galway. Duchas para dos en los baños, un atento equipo de mayordomos y un restaurante italiano con coloridas sillas de Andrew Martin completan este hotel que también cuenta con un Spa diseñado por Douglas Wallace. Por último, un castillo con mucha historia para disfrutar del auténtico y clásico gusto irlandés. Ashford Castle (www.ashford.ie) está situado a media hora de Galway, a orillas de Lough Corrib, el segundo lago más grande del país. Levantado en el siglo XIII y reconstruido en el XIX, fue hogar de la familia Guinness. Situado en una propiedad de 350 acres, ha alojado a presidentes como Reagan y organizado bodas como la de Pierce Brosnan. Cada una de sus 83 habitaciones conserva piezas antiguas, tiene Spa y en el restaurante sirven cocina creativa con productos de temporada. Un castillo de lujo al borde de un lago.