Aigüestortes [Lleida]: espectáculo de fuego y agua

El valle de Boí es conocido por su riqueza en arte románico y por las fallas de la Noche de San Juan.

Año 1987, verano, un día cualquiera. Hastiados y con muchas ganas de hablar y pasar el rato entre amigos, unos cuantos guardas decidieron hacer la travesía Pallars-Ribagorça-Arán en un único día. No pretendían llevar a cabo una competición, tan solo querían visitar a los guardas de los demás refugios del Parque y charlar tranquilamente con ellos. Alguien, no se sabe exactamente quién ni por qué, denominó a tal aventura Carros de Foc, quizás por el éxito alcanzado en aquellas fechas por la película Carros de Fuego. Desde entonces, sea cual sea la época del año, cuando alguien hace la travesía en el mismo día, la voz corre tan rápido como el viento cruza los collados: “Hoy pasan los Carros de Foc”. Esta particular carrera no está, obviamente, al alcance de todos, pero quien así lo desee puede probar sus fuerzas y alcanzar los nueve refugios que forman parte de Aigüestortes y conseguir el certificado que acredite su hazaña. En pleno Pirineo de Lleida, este singular paraje, repartido entre cuatro comarcas –Alta Ribagorza, Pallars Sobirà, Pallars Jussà y Valle de Arán–, se divide en dos: una parte, la oriental, bañada por los afluentes del Noguera Pallaresa, que alimentan el lago de Sant Maurici, y otra, la occidental, por los del Noguera Ribagorzana. Por sus 40.852 hectáreas se extienden prados y áreas de cultivo en las zonas más bajas, y rocas de alta montaña en sus cotas más altas. Abundan en él lagos de origen glaciar cuaternario y también meandros, como los del valle de Sant Nicolau, de los que proviene el nombre del parque, que quiere decir sencillamente Aguas Tortuosas. Quizás por eso sea el Parque Nacional preferido por los amantes de los deportes al aire libre.

Reflejos en el agua

El que pasa por ser el único Parque Nacional de toda Cataluña fue durante mucho tiempo un lugar inaccesible, con profundos valles y elevados riscos que sólo los cazadores y leñadores de las localidades cercanas se atrevían a recorrer. Una de las principales vías de acceso es la localidad de Espot, que da nombre al valle que discurre al Este del Noguera Pallaresa. La pista que sigue la cuenca del río Escrita llega directamente hasta el estany de Sant Maurici, situado a 1.910 metros de altitud, en el fondo de un circo de origen glaciar. Es el más renombrado de los lagos pirenaicos porque en sus cristalinas aguas se refleja la hermosa silueta de dos impresionantes agujas conocidas como Los Encantados (Les Encantats), cuyo nombre deriva, como no podía ser de otra forma en alta montaña, de una vieja leyenda. Al parecer, tales elevaciones no son más que dos cazadores que quedaron petrificados para la eternidad al saltarse la misa dominical para poder así adelantarse a sus compañeros y ser los primeros en llegar al monte y capturar algún rebeco. Sea verdad o no, lo cierto es que en primavera y verano cientos de alpinistas tratan de alcanzar sus cumbres. A la más alta de las dos –El Gran Encantado, 2.747 metros– se accede por el valle de Monestero, y a la más baja –Pequeño Encantado, 2.738 metros–, por su propia garganta, una pared muy vertical y complicada. Al norte quedan el valle de Ratera y la sierra de Les Agudes, que proporcionan en la distancia mayor encanto al lugar.

Entre prados y lagos

Otra forma de acceso es a través del valle de Boí, formado por preciosos pueblos que durante muchos siglos permanecieron casi incomunicados, de ahí que se hayan conservado intactas costumbres y edificios, entre ellos algunas iglesias románicas con decoración lombarda –Cardet, Coll, Erill La Vall–, que fueron declaradas en 2001 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. La pista que conduce al Parque Nacional tiene su origen en la carretera de Caldes de Boí y se adentra por un firme irregular hasta cruzar el río Sant Nicolau por una pasarela. En las inmediaciones, dos sorpresas: el estany de Llebreta, a 1.600 metros de altitud, y la ermita de Sant Nicolau, desde donde comienza el ascenso hasta Aigüestortes, una sucesión de infinitos prados, meandros y lagos, como los de Llong y Radó, a medida que vamos subiendo. El paso a la otra vertiente del Parque, la oriental, se realiza a través de un pequeño collado, el Portarró d’Espot, un paso entre montañas a 2.423 metros de altura que permanece nevado la mayor parte del año. Es la excursión más clásica de cuantas se pueden realizar en los Pirineos, aunque desde esta zona del parque existen otras rutas, como las que llevan hasta lagos como el de Contraig o el del Pessó a través del barranco del Muntanyó.

Arde el valle

Son muchas las tradiciones ancestrales que se mantienen en los municipios que rodean el Parque Nacional de Aigüestortes, entre ellas las llamadas Fallas, que tienen lugar en torno a la Noche de San Juan en diversas localidades del valle de Boí. El origen de esta fiesta popular se relaciona con la llegada del buen tiempo y el culto a los dioses por el éxito en las cosechas. Las fallas son unas grandes antorchas, hechas con troncos de unos dos metros, que cargan los jóvenes desde lo alto de una montaña hasta el centro de cada población. Un descenso que culmina con una gran hoguera, música y baile hasta altas horas de la madrugada.

Hoteles: Al calor de la chimenea

Fue en el siglo XVIII cuando comenzaron a ser estudiadas las propiedades sanadoras de las aguas de los 37 manantiales de Caldes de Boí, de las que ya disfrutaron los romanos. Hoy pueden hacerlo quienes se acerquen al Balneario Caldes de Boí (www.caldesdeboi.com) de esta localidad tranquila como pocas, situada a 1.500 metros de altitud. Cuenta con dos hoteles -Manantial y Caldas-, construidos según los cánones de la arquitectura de montaña, y un gran centro termal, en el que seguir distintos tratamientos, algunos orientados a conseguir el perfecto equilibrio entre cuerpo y mente, como el masaje geotermal, con piedras volcánicas a diferentes temperaturas, o exfoliaciones y limpiezas de cutis con caviar. En el mismo valle, y a solo cuatro kilómetros del Parque Nacional, El Xalet de Taüll (www.elxaletdetaull.com) es un pequeño hotel rural nacido de la rehabilitación de una casa pirenaica de piedra, pizarra y madera. Desde todas sus habitaciones se consiguen unas magníficas vistas, aunque son los espacios comunes -biblioteca abuhardillada, salón con chimenea- los preferidos de los huéspedes. Su cuidado jardín es una delicia en verano.

Una panorámica realmente impactante es la que se obtiene desde la terraza del Hotel Els Encantats (hotelencantats.com), en Espot, que, como su nombre hace suponer, mira de frente a esas dos mágicas moles que son Los Encantados. Se trata de un pintoresco alojamiento de solo 14 habitaciones, cada una de las cuales recibe el nombre de alguno de los picos y lagos del Parque Nacional. Así, podemos alojarnos en Tuc de Ratera, en Amitges, Llacs de Gerber… Si la estancia se produce en invierno, no hay que dejar de probar la espectacular olla pallaresa que preparan con mimo en su restaurante. Algo más alejado, a unos 25 kilómetros de Aigüestortes, el Parador de Artíes (www.parador.es) es una buena opción para aquellos que buscan refugios con un encanto especial, ya que se ubica en la que fuera la casa de don Gaspar de Portolá, descubridor de California. Sus acogedoras estancias invitan a pasar la noche en un entorno ideal para la práctica de actividades en contacto con la Naturaleza.