Ordesa y Monte Perdido [Huesca]: el Aragón más espectacular

Los Sestrales, espolón prominente que forma el Cañón de Añisclo. Página anterior, Parador de Bielsa.

Desde el lugar exacto en el que se levanta la Torre del Homenaje del recinto amurallado de Aínsa –capital de la comarca de Sobrarbe–, la vista resulta espectacular, con la Peña Montañesa de fondo y, de frente, las Tres Sorores, tres imponentes montañas que, según cuenta la leyenda, no son más que tres hermanas cristianas que huyeron avergonzadas al bosque a vivir en soledad tras contraer matrimonio con tres godos. Hasta allí las siguió el espectro de su padre, que, llevado por la ira, activó un vendaval que las cubrió de nieve y las dejó petrificadas de por vida. Cada una de ellas tiene nombre propio. Son el Cilindro de Marmoré, el Pico Añisclo y el Monte Perdido, que, con sus 3.355 metros de altitud, es el mayor macizo calcáreo de Europa Occidental. Estamos en el Pirineo Central, en la provincia de Huesca, en una hermosa ciudad medieval que tiene el honor de ser la puerta de acceso al Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, formado por más de 15.000 hectáreas que se reparten varios títulos de envergadura, entre ellos los de Reserva de la Biosfera, Patrimonio de la Humanidad y Zona de Especial Protección para las Aves. Éste es el hábitat natural de especies únicas como el águila real, el buitre leonado y el quebrantahuesos, que, a veces, parecen romper el cielo cuando se alza la mirada en busca de las cumbres más altas.

Mito y realidad

De las Tres Sorores deriva el Valle de Ordesa, clásico valle glaciar en forma de letra U alargada encarrilado por fajas rocosas: riscos verticales por cuyo fondo el río Arazas va descendiendo en una sucesión de vertiginosas cascadas, como las de Arripas, Estrecho, Gradas de Soaso y, por fin, la llamada Cola de Caballo, la más famosa de todas, a la que se accede después de superar un hayedo y zonas de pino negro. En la cresta norte del valle, en una impresionante hilera de picos de más de 3.000 metros de altura, se abre un estrecho collado conocido como la Brecha de Rolando, paso natural entre España y Francia donde también hay espacio para la leyenda. Para quien así lo quiera imaginar, tan peculiar grieta fue creada por el mismísimo Rolando, sobrino de Carlomagno, al intentar destruir su espada Durandal golpeándola contra una roca tras la derrota sufrida en la batalla de Roncesvalles. Ésta y otras muchas historias se pueden descubrir en el Centro de Interpretación de Torla, bella localidad de raíces medievales situada en la margen derecha del Ara, el único río virgen de los Pirineos. Desde ahí se pueden alquilar vehículos todoterreno para realizar la Ruta de los Miradores, puntos elevados del cañón de Ordesa desde los que se divisa todo el valle y la cadena de picos del Parque Nacional, desde Los Gabietos hasta Punta de las Olas, a través de pistas en las que puentes romanos, ermitas y desfiladeros siempre justifican un alto en el camino.

Por infinitas sendas

Los más expertos montañeros quizás prefieran realizar la Senda de los Cazadores, que, tras cruzar el río Arazas, alcanza el mirador y refugio de Calcilarruego –a 2.000 metros de altitud– y continúa por la Faja de Pelay hasta el Circo de Soaso, de origen glaciar. Pero hay más valles que visitar en el parque: el de Añisclo –en el que se encañona el río Bellos–, Escuaín –atravesado por el río Yaga– y el de Pineta, donde surge el río Cinca, jalonado su cauce por refrescantes saltos de agua. Es precisamente este valle el más accesible de todos, ya que por su interior discurre una carretera que tiene su origen en Bielsa, capital del Alto Cinca y punto de partida de numerosas excursiones, como por ejemplo, las que tienen como punto de destino el Valle de Gistaín o las gargantas de Escuaín, una profunda hendidura de roca caliza. Otro aliciente es su gastronomía, con un amplio repertorio de contundentes manjares: finas truchas del Cinca, ixardo (rebeco) guisado, setas, migas, cordero y, para los más golosos, las llamadas pasteras de Bielsa, especie de dobladillos de harina, huevo, leche, azúcar y anís que se fríen en sartén.

Con historia

En el entorno del parque natural muchas son las localidades que merece la pena visitar, como Buesa, con una fuente de agua sulfurosa a la que se atribuyen poderes curativos; Boltaña –en la ladera de un monte coronado por un castillo–, el animado Guaso, Jánovas la fantasmal, Escalona –auténtico cruce de caminos– o El Pueyo de Araguás, un lugar que ha sabido conservar el especial encanto que marcaron los monjes que, en su trayecto al antiguo monasterio de San Victorián (siglo VI), hacían su parada en este núcleo para meditar y difundir su cultura. También, Broto, por donde siempre resuena el agua que cae de la cascada del Sorrosal, cuyo barranco se puede recorrer de una forma diferente a través de una vía ferrata acondicionada con escaleras y puentes de madera. En este entorno natural de Aragón no existen los límites. Ni geográficos, ni físicos. En el que es el segundo parque nacional más antiguo de España todo el mundo es bienvenido: expertos deportistas, solitarios, familias y gente que disfruta con el noble arte de la contemplación. Porque noble es este paisaje. Hubo siete reyes legendarios en el Sobrarbe que se sintieron más poderosos al contemplar cómo defendía sus dominios el Monte Perdido.

Hoteles: Refugios de montaña

A orillas del río Ara, el Monasterio del Carmen, fundado en el siglo XVII, continúa siendo un lugar idóneo para meditar, olvidarse del mundo y sentirse en plena comunión con la Naturaleza cuatro centurias después de su creación. Lo único que ha cambiado son las comodidades de las que gozarán quienes decidan alojarse en el antiguo cenobio, reconvertido en hotel cinco estrellas, con vistas a los Pirineos casi desde cualquier rincón. En el hoy conocido como Monasterio de Boltaña (www.monasteriodeboltana.es) todo es puro capricho. La decoración oriental nos permite volar con la imaginación hacia lugares lejanos, aunque de lo que aquí se trata es de quedarse prendado del entorno que nos rodea. Pero antes o después de cualquier excursión, se impone disfrutar de alguno de los tratamientos –envolturas de chocolate, masajes tibetanos– que componen la carta de su magnífico Spa. Apenas a 20 kilómetros, en la localidad de Belsierre, las Casas Ordesa (www.casasordesa.com) ofrecen otro tipo de alojamiento, más íntimo y familiar. Los huéspedes pueden escoger entre una serie de coquetas villas con nombres de árboles, plantas y flores –El Roble, Margarita, Edelweiss– ubicadas en medio de un inmenso jardín. Todo un refugio de alta montaña, como lo es también el Parador de Bielsa (www.parador.es), cuyo severo aspecto exterior no hace presagiar la calidez que se consigue nada más cruzar su puerta: un mobiliario muy actual convive sin complejos con suelos, paredes, vigas y columnas de madera. Rodeado de un extenso prado y cascadas de agua, justo a los pies del nacimiento del río Cinca, el Parador brinda, desde algunas de sus habitaciones, la mejor panorámica del Valle de la Pineta. Resulta obligado aquí disfrutar de la terraza en cualquier época del año. También de su restaurante, con todo el Alto Aragón a la mesa: migas, truchas, guisos de jabalí, teresicas… y, como manda la tradición, ternasco asado al horno.