Alpes y Glaciares [Nueva Zelanda]: El último gran paraíso

El Parque Nacional Mount Aspiring está inmerso en Te Wahipou-namu, el “lugar de la piedra verde”.

Además de la Antártida, el último gran territorio deshabitado del globo fue Nueva Zelanda. Tal vez haga sólo 1.200 años desde que el hombre llegó por primera vez a estas islas. Los navegantes maoríes encontraron un lugar muy diferente de los archipiélagos que habían colonizado en toda Polinesia. No eran pequeños paraísos tropicales sino grandes masas de tierra que podían ser muy frías en invierno. Salvo algunos murciélagos, no había mamíferos en esta región, y durante mucho tiempo la presencia del hombre fue mínima. De hecho, Nueva Zelanda es uno de los países de clima templado con menor densidad demográfica. Y si la Isla Norte sorprende por sus espacios abiertos apenas poblados, en la del Sur esta sensación llega hasta el límite. Un escaso millón de habitantes se reparten en esta isla, que se conserva como uno de los grandes paraísos naturales del mundo. A medida que se recorren sus caminos, la presencia humana es cada vez más reducida y el viaje parece la búsqueda de la soledad y el silencio.

Paisajes de otra dimensión

Al cruzar el estrecho de Cook, que separa las dos islas, se atraviesa una de las zonas de viñedos más meridionales del planeta. Luego, en la costa oriental, en los alrededores de Kaikoura, se puede asistir al mágico acontecimiento de la llegada de las ballenas. Pero el espectáculo de la naturaleza no ha hecho más que empezar. Emprender el viaje hacia el interior y cruzar los Alpes del Sur —el espinazo de la isla— es algo parecido a traspasar la entrada a otra dimensión. Westland y Southland —la zona occidental y meridional de esta isla— es una región remota y solitaria de montañas nevadas y bosques lluviosos, de glaciares, lagos y fiordos. Una gran parte es conocida con el nombre maorí de Te Wahipounamu —el “lugar de la piedra verde”—, una zona vasta y poco poblada que la Unesco ha declarado Patrimonio de la Humanidad.

Arthur’s Pass, a más de novecientos metros de altitud, es una de las puertas y marca una clara divisoria entre las vertientes oriental y occidental de los Alpes, que ofrecen condiciones climáticas muy diferentes. Esta última es la región más húmeda y lluviosa de Nueva Zelanda. Aquí se encuentra el monte Cook, la cima de mayor altura de la isla y, aunque se eleva hasta una cota similar a la del Teide, es un mundo de hielo y roca en el que hay que adentrarse con respeto. Estas montañas fueron la escuela de escalada de Edmund Hillary, el primer hombre que, junto al sherpa Tenzing Norgay, alcanzó la cumbre del Everest.

Es frecuente que el cielo esté encapotado y que las nubes bajas impidan distinguir las montañas de los alrededores. Aunque parezca extraño, es el momento de sobrevolar la región en helicóptero. A los pocos minutos se atraviesa la capa de nubes y aparece el luminoso espectáculo de los glaciares y los picachos nevados. Se pasa tan cerca del glaciar Franz Josef, que se ve perfectamente en el interior de las grietas. Luego se aterriza sobre el hielo y se descubre un lugar absolutamente distinto del que se ha dejado un momento antes casi al nivel del mar. En ningún otro lugar de clima templado es posible una experiencia semejante, ya que aquí los glaciares descienden hasta los 300 metros de altitud.

Los hallazgos de Cook

Los maoríes no llegaron a esta región de Westland hasta el siglo XV, cuando realizaban expediciones en busca de pounamu, la piedra verde (una especie de jade), que solo se da en esta zona y era muy apreciada como adorno o para puntas de flecha. Los primeros exploradores europeos dieron noticias poco entusiastas de esta costa —“una orilla inhóspita”, según James Cook—, y es cierto que hay lugares en los que llueve la mitad de los días del año. Queenstown, a orillas del lago Wakatipu, es una pequeña ciudad que se ha convertido en la capital de vacaciones de la Isla Sur. También es la mejor base para explorar la zona, sobre todo los fiordos en que se quiebra la costa. Los más conocidos son Milford y Doubtful.

Milford Sound es un escenario de inmensa belleza donde la naturaleza reina con toda su serena majestad. En realidad, todo el Parque Nacional de Fiordland es un territorio tan hermoso como remoto. Con más de un millón de hectáreas, es uno de los más extensos del mundo, y en su interior se cobijan prodigios de la naturaleza, como una de las cataratas más altas de la Tierra. En sus bosques y quebradas se han encontrado animales —como el takahe, un ave no voladora rarísima— que se creían extinguidos.

El capitán Cook, cuando exploró esta región, no se atrevió a penetrar en un fiordo que le pareció peligroso y al que por eso llamó Doubtful Sound, “el fiordo sospechoso”. Conocerlo ahora es una pequeña aventura que permite adentrarse en un universo casi virgen. Desde Queensland se atraviesa el lago Manapouri y se sigue por Wilmot Pass a través de un bosque lluvioso y fantasmal hasta llegar a un extremo del fiordo. Allí se navega por este sinuoso brazo de mar encajado entre inmensos precipicios de piedra gris y bosques envueltos permanentemente en la niebla. Decenas de delfines acompañan al barco. El aire, las montañas, los bosques, el agua, todo es igual de como debió de ofrecerse al primer navegante que recorrió estos canales… como fue desde la mañana de los tiempos.

Hoteles: Cóctel en las antípodas

La ciudad de Queenstown es la mejor base para recorrer la zona, y desde luego es el lugar con los mejores hoteles. The Spire Hotel (w www.thespirehotel.com) es un pequeño hotel que mezcla la exclusividad de unas reducidas dimensiones –diez habitaciones– y un diseño moderno. Todas las habitaciones disponen de chimenea de piedra, un toque de montaña propio de una ciudad en la que se impone disfrutar de una naturaleza intacta, no muy frecuente en un hotel boutique. Su concurrido bar ofrece algunos de los mejores cócteles de la ciudad.

Enclavado en un lugar privilegiado de Queenstown, en un edificio histórico en plena Marine Parade, Eichardt’s Private Hotel (www.eichardts.com) se asoma directamente al lago y a las grandes montañas que lo enmarcan por el otro lado. Sus cinco suites, todas con chimenea, son un mundo exclusivo y privado en el que no faltan detalles. El edificio original proporciona un sentido de historia difícil de igualar en una ciudad moderna que se ha desarrollado en los últimos años como la capital de la aventura en los espacios abiertos. Los que buscan el contacto directo con esta naturaleza pura eligen una opción como Fiordland Lodge (www.fiordlandlodge.co.nz). Situado a solo cinco kilómetros de la pequeña población de Te Anau, sus doce habitaciones y cabinas –con capacidad para un máximo de 29 huéspedes– tienen vistas espectaculares al lago Te Anau. Una de las escasas posibilidades de disfrutar del confort máximo a las puertas del Parque Nacional Fiordland. Más al norte, a orillas del lago Wanaka, el lugar perfecto es Whare Kea Lodge and Chalet (www.wharekealodge.com). La pureza del paisaje de los Alpes del Sur sirvió de inspiración a su diseño —acogedor tanto en verano como en invierno— y a su conciencia ecológica. Desde sus habitaciones se ven las cimas de los montes Cook y Aspiring. Seis suites y habitaciones, para un máximo de 12 huéspedes hacen de este retiro en la naturaleza una experiencia única y privada. El hotel es miembro de la agrupación Relais & Châteaux.