Isla de Vieques [Puerto Rico]: Un oasis con sonido a mar

La belleza natural de Vieques se prolonga en los arrecifes de coral que guarda bajo el mar.

“La Isla Madre, la isla encinta, parió en el mar su dolor. La Isla Madre abrió su entraña y la Isla Nena nació”. Apenas treinta minutos por avión separan el aeropuerto de San Juan de Puerto Rico del de Vieques (www.viequesairlink.com). Pero, ¡estamos en el Caribe! Y aquí se supone que el reloj no avanza al mismo ritmo que en el resto del mundo, que las prisas no existen. Así que lo mejor es acercarse hasta la terminal de lanchas de la ciudad de Fajardo y subirse al ferry que en una horita “no más” y por sólo dos dólares acerca a los pasajeros hasta el puerto de Isabel II, la ciudad más importante de Vieques, una isla chica en dimensiones –33 kilómetros de largo por 7 de ancho– pero grande en tesoros, tanto físicos como emocionales. Con su faro de Punta Mulas y su fortín del Conde de Mirasol, la capital es un canto al mestizaje. España dejó su idioma, Inglaterra habitantes y Francia el diseño urbano y algunos nombres en sus calles, que para eso el primer gobernador militar, Teófilo Leguillou, era de origen francés. Aunque en este remoto lugar si hay algo por lo que sacar guille (orgullo) es por el hecho de haber acogido a Simón Bolívar, como recuerda un busto en la plaza Luis Muñoz Rivera.

Donde las aguas brillan

Pero aquí, en Vieques, conviene repasar pronto las lecciones de Historia para sumergirse de verdad en el mundo casi onírico que brindan algunos rincones de la isla. Al norte, el Océano Atlántico; al sur, el Mar Caribe. Es ahí, en el sur, replegada en sí misma como queriendo esconderse, donde guarda la sorprendente bahía Mosquito, que quizá debiera llamarse bahía luciérnaga. Cuando cae la noche, es hora de mirar al cielo. El negocio en la dulce ensenada es inversamente proporcional al tamaño de la luna. Sólo cuando no está llena es posible asistir a uno de los espectáculos más impresionantes del mundo, el que producen unos microorganismos –los dinoflagelados– que desprenden energía cuando se agitan. Basta con pasar la mano sobre el agua para que el mar se vuelva fluorescente, de un intenso azul eléctrico. Por contemplar este fenómeno merece la pena venir a Vieques, pero no hay que conformarse con verlo desde la cubierta de de los barcos que realizan trayectos nocturnos. Algo tan sencillo como nadar o pasear en kayak (unos 30 dólares una hora) puede convertirse en una experiencia de esas que jamás se olvidan (www.aquafrenzy.com).

En la arena dorada

Caminos sinuosos y siempre verdes, cruzados quizás por caballos salvajes, sirven para buscar y perderse, situarse en el mapa y por fin encontrar esas playas fantásticas que todos tenemos en mente cuando soñamos con un destino tropical. Para descubrir esos sitios la opción más eco –adjetivo del que bien presume la isla– es la bicicleta, que se puede alquilar por unos 25 dólares al día (www.viequesadventures.com). Sobre las dos ruedas podemos poner rumbo al sur, hacia la ensenada Sombe, cerca del municipio de Esperanza, donde aparece, inmensa, la exótica Sun Bay, que cumple todos los tópicos: arena blanca, palmeras y aguas color turquesa. Un tono mágico que se intuye incluso antes de conocerla, debido a su nombre, Blue Beach, también llamada la playa de la Chiva, donde los amantes del snorkel persiguen peces naranjas y violetas, y los que pasean por la orilla, pelícanos marrones y tortugas. Aunque éstas siempre prefieren quedarse cerca de playa Navío, con una arena tan suave que parece seda. Sus dos preciosas cuevas sólo son accesibles si la marea está baja.

Arrecifes de coral

La belleza natural de Vieques se prolonga un poco más en el fondo del mar. Y es que está rodeada, sitiada, por arrecifes de coral. Son de dos tipos: de borde –surgen en las lagunas en contacto directo con la costa– o de mancha, en agrupaciones aisladas y lejos del litoral. Hacer un tour por las profundidades puede costar unos 60 dólares (www.nanseacharters.com). Sin duda, una forma diferente de conocer esta isla que encuentra en Punta Este y Punta Mulas, en la zona norte, y en Punta Arenas y Punta Bocas, en la zona sur, esos lugares a los que todo el mundo quiere descender. Luego habrá que encaminarse rumbo al oeste, hasta el Refugio Nacional de Vida Silvestre, que incluye varios hábitats: playas, lagunas costeras, manglares, pantanos y bosques, así como un sinfín de aves y hasta manatíes y murciélagos, únicos mamíferos nativos terrestres de Vieques.

Y en verano, carnaval

“¡Que corra el bilí!” Si en la isla de Puerto Rico la vida no se puede entender sin una piña colada en la mano, en la isla de Vieques otra bebida es la protagonista, sobre todo cuando se celebran las fiestas de Carnaval, en el mes de julio y no en febrero. Hay que saber pronunciarlo. Se escribe así: beelee. Nadie, entonces, dudará a la hora de servirle ese potente brebaje hecho a partir de la quenepa, la fruta local, bien mezclada con ron blanco, azúcar negra y un poco de vainilla y canela. ¿Y para comer? La cocina criolla aquí tiene influencias arawakas, taínas, españolas y africanas. Pero acertará quien pida pescado en escabeche, lo que sea con yautía (parecido a la yuca) y arepas, de fama casi mundial. No hay nada como pasearse por los mercados y colmados de las principales ciudades donde los adolescentes, recién salidos del cole con su uniforme siempre planchado, se mezclan con orondas mujeres cubiertas con sombrillas de estridentes colores en busca de la mejor pieza. Hay mangos, nísperos, bananas… Puro sabor.

Hoteles: Comer, amar, dormir

Hay una habitación Wonderful, otra Fabulous y otra, sencillamente, Spectacular. Pero si por algo destaca el W Retreat & Spa (www.starwoodhotels.com), muy cerca de la capital, es por su suite WOW, un lujoso refugio de un solo dormitorio junto a la playa, con un baño que es una auténtica obra de arte. La ducha tiene efecto de lluvia tropical, aunque para relajarse de verdad hay que visitar su Away Spa, de aires zen con pequeños arroyos y canales de agua para sentir la calma total. Esa que también se respira contemplando el atardecer desde la terraza del Malecón House (www.maleconhouse.com), un hotelito de apenas diez habitaciones en las proximidades de Esperanza, al sur de la isla. Desayunar en su patio, rodeado de flores, con una piscina de agua tan azul como el propio Caribe, en un ambiente íntimo y familiar, es la propuesta de esta casa, con estancias cuyos nombres resultan cuanto menos curiosos. Así, uno puede dormir en el Trópico, en un lugar Perfecto o incluso en un coqueto cuarto llamado Risa. “Come, ama, duerme” bien podría ser el eslogan promocional del Bravo Beach Hotel (www.bravobeachhotel.com), cuyos huéspedes pueden elegir alojarse en su incomparable Villa, con una terraza con vistas al mar y un interior de diseño, con predominio de los tonos blancos y muebles elaborados de forma artesanal en la propia isla. Es obligado tomar un cóctel en The Palms Bar y cenar, después, en el BBH Restaurant, en cuya carta nunca falta el mejor pescado. Para vivir una experiencia más ecológica y natural, la Finca Caribe (www.lafinca.com) hace sentir a sus huéspedes como auténticos nativos, en casitas y cabañas de madera entre frondosos jardines. Una última recomendación: Inn On The Blue Horizon (www.innonthebluehorizon.com), a sólo cinco kilómetros de bahía Mosquito, con habitaciones de estilo colonial en las que muchas mujeres de Puerto Rico sueñan con pasar su noche de bodas.