Acantilados de Moher [Irlanda]: La costa virgen del Atlántico

Si no hay reparo en conducir por la izquierda, el acceso en coche a esta maravilla natural se hace más que recomendable. En este sentido, tan solo hay que tener en cuenta que la señalización de la calzada compagina topónimos ingleses con gaélicos, en este caso Cliffs of Moher en la voz inglesa y Aillte an Mhothair en gaélico irlandés. Aprovechando la autonomía del transporte privado, se puede visitar sin problemas multitud de los lugares de interés natural e histórico que configuran el marcado carácter celta de esta indómita porción de Irlanda.

Castillos y leyendas

En las proximidades de Moher, el castillo de Dunguaire revela la importancia histórica del extremo occidental irlandés. Esta fortaleza, levantada en el siglo XVI, se convirtió en la pasada década de los 50 en punto de encuentro para los pensadores que avivaron el movimiento celta, entre ellos Bernard Shaw, de origen dublinés y la única persona que ha sido premiada con un Nobel y un Oscar –por su obra Pygmalion–. Sin desviarnos más de la ruta fijada, a medida que mengua la pétrea figura de Dunguaire en el retrovisor y la carretera N-67 entra en escena, una irracional emoción invade al visitante. Esta carretera, de buen firme pero algo estrecha y sinuosa, sirve se columna vertebral a la hora de planificar las excursiones de la zona. A modo de ramales, encontramos accesos a lugares como el parque nacional The Burre o típicas localidades costeras, como Doolin, donde nace la vía secundaria R-479 que recorre todo el litoral del Condado de Clare ofreciendo al visitante una visión menos domesticada por el turismo de la isla.

Es entonces cuando Moher irrumpe en el paisaje con todo su esplendor. Sus paredes, que se elevan más de 200 metros sobre el Océano Atlántico, están habitadas por un sinfín de aves marinas de gran valor ornitológico. Halcones, cormoranes, frailecillos, araos y petreles sobrevuelan como centinelas este inaccesible rompiente, donde el mar se funde con el cielo en un horizonte difuminado por la bruma atlántica. La bucólica magia que desprende este enigmático paraje está perfectamente reflejado en la película La princesa prometida, donde rebautizaron a los Cliffs of Moher (literalmente “acantilados de la ruina”) como los “Acantilados de la Locura”.

El fin del mundo irlandés

Este evocador sobrenombre cinematográfico transmite el mismo magnetismo sobrecogedor que encontraron los romanos en Finis Terrae (Finisterre). Caminando por el borde de los acantilados de Moher podemos atisbar la inmensidad de un Océano Atlántico que, poderoso y perseverante, engulle lentamente este pedazo pétreo de la isla esmeralda. Entre las verdes praderas que se precipitan violentamente al mar, se encuentra la torre O’Brien, levantada en 1835 por orden de Cornelius O’Brien, descendiente directo del gran rey irlandés Brian Boru. Partida en dos a causa de los fuertes vientos de la zona, esta privilegiada atalaya se mantiene en pie sabiendo que es el único edificio testigo de este espectáculo natural –si se desea, se puede hacer una reserva para ver el paisaje desde lo alto de la torre en www.cliffsofmoher.ie–. Desde sus plantas más elevadas, se pueden ver las Aran Islands, la Bahía de Galway y, al fondo, las montañas Maumturk de Connemara. Si se quiere redondear la experiencia aún más, conviene saber que desde las localidades de Liscannor y Doolin parten diariamente barcos que permiten ver los acantilados desde una perspectiva distinta: de abajo hacia arriba.

Integración con la naturaleza

El Visitors Centre de los acantilados de Moher es todo un ejemplo de integración arquitectónica en la naturaleza. Excavado en una colina a modo de gruta, este centro de acogida de visitantes es una inagotable fuente de información sobre la zona, la fauna que la habita y la historia que aquí se ha escrito desde tiempos inmemoriales. Material audiovisual de calidad y una planificación museística amena se entremezclan con los socorridos souvenirs en la planta baja del edificio, más transitada de lo deseado ya que en ella están los aseos públicos. Encima, el restaurante Long Dock Café brinda la posibilidad de comer los platos típicos de la zona (entre los que no faltan el salmón y el abadejo del Atlántico) junto a un imponente mirador panorámico. Junto al centro de visitantes, aprovechando la misma ladera, se extiende un colorista  mercadillo. Lejos de vender manidos recuerdos turísticos (que también hay), estos puestos están orientados a los que busquen llevarse productos de calidad hechos a mano.

Maravilla Natural del Mundo

Los acantilados de Moher son uno de los 28 finalistas en la elección de las 7 Maravillas Naturales del Mundo, campaña en la que se puede participar y votar libremente a través de Internet y cuyo resultado se conocerá el próximo once de noviembre. Es presumible que consigan erigirse en el podio, pues actualmente ocupan el séptimo puesto entre otras maravillas como el Kilimanjaro, las Maldivas o la Selva Negra. Y es que, además de formar un bello y fotogénico paisaje alabado en todo el planeta, su base está franqueada por antiquísimos canales fluviales que cuentan 300 millones de años.

Hoteles: Hospitalidad al estilo irlandés

Entre las numerosas y acogedoras casas de huéspedes y hotelitos B&B que se diseminan a lo largo de las carreteras secundarias del Condado de Clare se encuentra el Lodge Doonbeg Golf Club (www.doonbeglodge.com). Este exclusivo hotel de cinco estrellas, considerado uno de los establecimientos más lujoso de todo el país, cuenta con espaciosas estancias ubicadas estratégicamente, gozando de exquisitas vistas a la bahía de Doonbeg y al campo de golf. Todas ellas están equipadas con Internet inalámbrico, pantallas de plasma y una amplia selección de películas, canales vía satélite y música. El grado máximo de su excelencia hotelera lo encontramos en las diferentes Courtyard Suites. La dimensión de estas, en función del número de dormitorios, pueden oscilar entre 100 y 250 m2. Los detalles también hacen de esta típica casa de campo irlandesa todo un referente hotelero. Los amenities, artesanales y de gran formato, proceden de la vecina Burren Perfumery. Los dos pilares en los que se sustenta la exclusiva propuesta de este hotel son su excelente Spa, inaugurado en 2006 y obra del prestigioso diseñador irlandés Clodagh, y el soberbio campo de golf, catalogado por la publicación Golf Digest’s como el “Best New International Course” el mismo año de su inauguración y factor clave para la consecución del prestigioso premio European Golf Resort of The Year 2010, que cada año otorga IAGTO, máximo estamento en materia de golf y turismo a nivel mundial.

Otra opción es hospedarse en las casas de huéspedes que se diseminan a lo largo de las carreteras secundarias del Condado de Clare. Estos hoteles, de reducidas dimensiones y centrados en el concepto Bed&Breakfast, son una fórmula idónea para conocer una Irlanda rural y hospitalaria. A diez minutos de los acantilados, en Doolin, se encuentra la Trildoon Guest House (www.trildoonhouse.com), un coqueto chalé con impresionantes vistas a la costa de Burren y las islas Aran. Su propuesta de alojamiento es sencilla y económica. Por 200 euros propone un fin de semana en pareja, con alojamiento, desayuno y cena en un restaurante local. Galway, capital del condado del mismo nombre, al norte de Moher, es una interesante alternativa. Al norte de Galway, el Castillo de Ashford es un establecimiento de lujo situado en Cong, en el Condado de Mayo. Se remonta al siglo XIII y se encuentra en la orilla norte del lago Corrib, rodeado de vastos jardines y bosques de gran belleza natural.