Savai’i [Samoa]: La última isla del tesoro

Viajar a Savai’i, la isla más grande de Samoa Occidental, puede parecer un viaje en el tiempo (hablando de forma metafórica) o serlo de verdad (con el calendario en la mano). Hay un hecho incontestable: si se toma un avión en un aeropuerto de Nueva Zelanda, de Tonga o de Fiji, se llega a Samoa el día anterior. No es un milagro ni la burla de las leyes del tiempo sino el resultado de haber cruzado esa convención imaginaria que es la Línea Internacional del Cambio de Fecha, dibujada sobre el Pacífico a escasa distancia de estas islas. Evidentemente no ocurre lo mismo si se viaja desde el otro lado, desde Hawai, por ejemplo. Pero la línea tiene efectos tan sorprendentes como implacables si se atraviesa en el sentido opuesto, cuando se pierde un día sin sentirlo. Sorpresas de este tipo es lo menos que cabe esperar cuando se viaja por los Mares del Sur y su rosario inabarcable de islas, un mundo tan soñado que a la fuerza parece irreal. De todos los europeos que partieron en busca del paraíso, fue Stevenson el que dejó más huella en Samoa. Después de navegar en un velero por las Marquesas, Tahití, Hawai y las Gilbert, decidió quedarse para siempre en Samoa. El autor de La isla del tesoro había encontrado por fin la suya. Se instaló en Vailima, a poca distancia de Apia, la capital samoana.

Mundo exuberante

La opinión de haber descubierto la verdadera isla del tesoro la comparte cualquiera al bajar del avión y encontrarse con un mundo tropical exuberante, de un verde arrebatador y playas perfectas bañadas por aguas turquesas. Además, Samoa es, junto a su vecina Tonga, el rincón del Pacífico donde mejor se conserva la cultura polinesia. De algún modo también es cierta la afirmación del viaje en el tiempo, a una época que ya ha desaparecido en otras islas. Todavía es posible llegar a Samoa y encontrar vivas las viejas tradiciones, como los intrincados tatuajes que muchos hombres se hacen grabar desde la cintura a las rodillas. O las fale, esas casas tradicionales que no tienen paredes y donde el tejado se apoya sobre pilares de madera. Sobre todo en Savai’i, la isla más grande, una conversación entablada al azar supone una invitación para comer o dormir en una fale. Una ocasión de oro para traspasar la barrera casi infranqueable entre los isleños y los viajeros que existe en casi todas las islas del Pacífico.

La tumba de Stevenson

El camino a Savai’i pasa necesariamente por Apia, la capital de Samoa, en la isla de Upolu. Es la única ciudad samoana y conserva el aspecto de un antiguo puesto comercial de los Mares del Sur, con sus almacenes, su mercado del sábado y sus iglesias pintadas de blanco, que siguen siendo las mejores marcas visibles para los veleros que entran en la bahía. Sobre la ciudad se eleva la masa verde del monte Vaea –en cuya cima se encuentra la tumba de Robert Louis Stevenson–, completamente cubierta de brillante vegetación. Más allá de Apia se extiende la isla entera de Upolu. Se puede ir hasta las piedras deslizantes de Papase’ea, o caminar por un bosque cubierto de musgo hasta la orilla del solitario lago Lanoto’o, y bañarse en sus verdes aguas oscuras. O bucear en el islote de Nu’usafe’e, donde se puede nadar entre los corales y contemplar a los inofensivos tiburones de arena. Los amantes de sensaciones fuertes les darán de comer con la mano. O perderse en busca de playas poco visitadas, como Saleapaga, Mulivai o la del Regreso al Paraíso, donde Gary Cooper rodó la película de ese nombre.

Lugares fascinantes

Si Upolu es fascinante, un viaje a Savai’i, la otra gran isla samoana, conduce a los orígenes más remotos. A veces se tiene la sensación de que las últimas décadas han tenido poca influencia aquí, y sigue imperando la fa’a Samoa, la costumbre samoana. Nada más desembarcar en el muelle de Saleologa, tras una corta travesía en barco desde Apia, la isla se abre al viajero con la facilidad de quien está orgulloso de su cultura. Savai’i es la isla más grande entre Hawai y Nueva Zelanda, muy diferente de los pequeños islotes que aparecen en las postales. Las montañas son volcanes cubiertos de denso bosque tropical y llegan a casi 2.000 metros. Todavía persiste la sensación de recorrer senderos apenas transitados que conducen hacia algunos de los lugares más fascinantes de todo el Pacífico, como la pirámide de Pulemelei, el monumento megalítico más grande de toda la Polinesia. O al descender al fondo de un cráter y bañarse en una laguna de aguas limpísimas en la que cae una cascada.

Ritos y costumbres

Aunque playas no es lo que falta en Savai’i, que cumplen con el prototipo del paraíso de los Mares del Sur. En este país de costumbres ancestrales, las playas están sometidas a curiosas prácticas. Es normal que el visitante tenga que pagar para poder darse un baño. No es, como pueda parecer a primera vista, un síntoma de comercialización frente al turista extranjero del que se quiera sacar provecho sino una costumbre antigua, que afecta también a los samoanos. Es posible, por tanto, encontrarse con la aparente contradicción de que alguien le pida unas monedas para permitirle el paso a la playa y a continuación le invite a compartir una comida con la familia como si fuera un amigo esperado desde hace mucho tiempo. Una costumbre no quita a la otra. Una estancia en Samoa es un recorrido permanente por ritos, costumbres y normas de etiqueta sorprendentes.

Hoteles: Cuando volver deja de ser una prioridad

Savai’i es una isla remota en la que no hay grandes establecimientos hoteleros de lujo, pero sí pequeños alojamientos en los que prima la comodidad y un ambiente relajado. Muchos de los hoteles y resorts están frente a la costa, con algunas habitaciones o cabañas con buenas vistas de las playas y el océano. Aunque es posible recorrer la carretera que rodea la isla en un solo día, es más recomendable viajar lentamente, explorando con tranquilidad cada rincón de la isla, y por lo tanto conviene ir cambiando de alojamiento a medida que se avanza en el recorrido. En Lalomanava, en la parte oriental de Savai’i se encuentra el Siufaga Beach Resort (www.siufaga.com), frente a la playa de Faga, una de las mejores de la isla, con una serie de cabañas repartidas en un jardín. La aldea de Siufaga queda muy cerca, con lo que es posible observar la vida diaria tradicional. Organizan recorridos por diferentes sectores de la isla según los intereses de cada visitante. Es el lugar para olvidarse del mundo en un emplazamiento tranquilo y relajado. El bar, situado frente a un mar de aguas de color turquesa, incita a alargar la estancia y a preguntarse por la necesidad de volver tan pronto a la lejanísima Europa. En el norte, en la playa de Fagamalo, el Savai’i Lagoon Resort (www.savaiilagoon.co.nz) también ofrece sus bungalós en primera línea de playa.

Aunque muchos alojamientos en Savai’i ofrecen restaurantes razonables, en algún momento habrá que investigar para encontrar algún lugar que ofrezca la auténtica comida tradicional samoana. El plato más conocido es el palusami, crema de coco envuelta en hojas de taro –un tubérculo– y fruto del pan, cocinado sobre piedras calientes y servido con taro cocido y pescado. También son habituales el cerdo asado, el faausi (taro gratinado con crema de coco), el oka (pescado crudo) y el suafai (bananas maduras con crema de coco). Para beber, aparte de la cerveza, en algún momento habrá que probar el cacao natural.

Para llegar y salir de Savai’i hay que pasar por Upolu, y en Apia, la capital, el hotel clásico es Aggie Grey’s Hotel (www.aggiegreys.com), una institución en Samoa. La fachada ha sido reconstruida en imitación de estilo colonial. Varios días por semana se ofrecen espectáculos de danzas tradicionales. Y tiene un buen restaurante.