[Ártico]: Tras los pasos de Amundsen

La búsqueda del Paso del Noroeste estimuló extraordinarias expediciones de grandes viajeros.

En los mapas de Tolomeo, más allá de la isla de Thule, a seis días de navegación desde el norte de Gran Bretaña, no existía nada, ni tierra ni océanos: se acababa el mundo. La imaginación medieval pobló el extremo e inexplorado norte del planeta con extraños seres y formidables leyendas. El Ártico fue, para algunos, el lugar donde las almas se purificaban antes de su ascensión a los cielos, el emplazamiento exacto del purgatorio. Otros situaron más allá de los primeros hielos la patria de los hiperbóreos, la tribu de los hombres más longevos y felices, poseedores de un extraordinario sentido de la justicia.

Eran vecinos, según muchas leyendas, de los imantopedes, criaturas que saltaban alrededor de su único y gigantesco pie, de los blemies, seres sin cabeza que alojaban la nariz y la boca en su amplio pecho, y de otros pueblos realmente sorprendentes entre los que destacaban, por su número, los skraelings o pigmeos, bajitos y viciosos, parecidos a los monos. En los mapas renacentistas, el extremo norte del mundo estaba ocupado por una montaña gigante –la más alta del mundo– de poderes magnéticos. Alcanzarla era imposible. El maelstrom, un gigantesco vórtice marino, arrastraba a la profundidad de los mares a todos los barcos que atrapaba al norte de las Lofoten. Los territorios del Ártico (del griego arktos, oso, que alude a la Osa Menor y a la Osa Mayor, las constelaciones más próximas a la Estrella Polar) alojaban islas con árboles y praderas, que en realidad eran lomos de ballenas, como la que atrapó a San Barandán. En la Meta Incógnita (como llamaban algunos mapas al extremo norte del mundo), el hielo era negro, el sol brillaba meses y meses sin acostarse y los barcos más atrevidos podían ser atacados por grifos, pájaros gigantes con cabeza y garras de águila y cuerpo de león. Durante siglos, ningún navegante en su sano juicio tuvo interés en validar o desmentir con su experiencia tal cúmulo de leyendas que resonaban en su imaginación. En 1606, cuando comenzó la búsqueda del Paso del Noroeste, un marinero que divisó un iceberg, un témpano de hielo flotante, lo describió como “un cisne gigante”. Había que tener valor para adentrarse en las aguas que conducían a los hielos del fin del mundo.

El paso del Noroeste

A principios del siglo XVII, cuando el poder español en los mares declinaba, camino de su ocaso, Inglaterra volvió a interesarse por una ruta más corta entre Europa y Asia, y comenzó la búsqueda del Paso del Noroeste, entre el Pacífico y el Atlántico por el norte de Canadá, y del Paso del Nordeste, por el norte de Rusia. El fracaso de la expedición de Barents antes de llegar a las costas de Siberia y el convencimiento de que era más factible encontrar un camino al norte de Canadá, por territorios más afines a los británicos, política y militarmente, centraron las expediciones en el Noroeste.

Varias generaciones de británicos vieron cómo algunos de sus mejores marinos dirigían naves y flotas hacia el extremo norte y desaparecían para siempre, atrapados por las cambiantes masas de hielo del Ártico. La aventura se convirtió en una epopeya, en la búsqueda de un paso mítico que el historiador canadiense Pierre Berton calificó como “el Santo Grial del Ártico”. Javier Reverte ha descrito como nadie esa epopeya en su libro En mares salvajes.

La búsqueda del Paso del Noroeste estimuló los extraordinarios periplos de grandes marineros y exploradores como Frobisher, Parry, Ross, Franklin o McClintock. Casi todos acabaron en tragedia. La catástrofe mayor tuvo como protagonista a sir John Franklin, quien partió en busca del Paso del Noroeste en 1845 al frente de dos buques, el Erebus y el Terror. Llenó los barcos de vajillas, uniformes de gala, lencería de lujo y el resto de necesidades atribuibles a un perfecto caballero inglés. En la bodega viajaban cerca de tres mil libros. Nunca regresó. Su viuda ofreció grandes recompensas a quienes fueran capaces de encontrarle. Más de cincuenta expediciones salieron en su busca, sin fortuna. Sólo un explorador escocés tuvo noticias de Franklin, a través del relato de unos nativos inuit en la península de Boothia, Canadá. Según los inuit, Franklin y otros marineros habían sobrevivido a la destrucción de sus barcos por el hielo, pero murieron, todos, víctimas del frío y del hambre.

El éxito de Amundsen

Medio siglo después, el noruego Roald Amundsen encontró y cruzó, por primera vez, el Paso del Noroeste. Fue un suceso extraordinario, al que seguirían otros no menos importantes protagonizados por el mismo Amundsen, quien sobrevoló el Polo Norte, encontró y cruzó también, por primera vez, el Paso del Nordeste y fue el primer hombre que alcanzó el Polo Sur. Hoy, el deshielo del Ártico permite que algunos cruceros recorran los pasos del Noroeste y del Nordeste. También se puede alcanzar Ny Alesund, en las Svalbard, desde donde partió Amundsen para sobrevolar el Polo Norte. Pocos viajes pueden ser más extraordinarios que este: tras las huellas de Amundsen, en el extremo norte del mundo, entre los hielos del Ártico.

Selección Viajar: Cruceros del hielo

La primera vez que un crucero turístico atravesó el Paso del Noroeste fue en el verano de 2007, hace tan sólo cinco años. Desde entonces, la reducción de los hielos polares ha permitido que algunos cruceros especializados incorporen a su programación rutas por los pasos árticos. La empresa Oneocean Expeditions (www.oneoceanexpeditions.com) ofrece cruzar el Paso del Noroeste desde Sondre Strom (Groenlandia) hasta Kugluktuj (Canadá) o en la dirección contraria, en un viaje de 15 días a bordo del barco ruso Akademik Ioffe. Éste fue el crucero en el que navegó el escritor Javier Reverte en el verano de 2008, el que aparece en su obra En mares salvajes. El precio del viaje, en función del camarote elegido, varía desde los 7.590 a los 13.990 euros por persona. La empresa Quark Expeditions (www.quarkexpeditions.com) incluyó el año pasado en sus programas el Paso del Nordeste, en un viaje de 25 días desde Anadyr (Rusia) hasta Murmanks, pero este año el viaje ha quedado fuera del catálogo. Quark ofrece, a cambio, la posibilidad de alcanzar el Polo Norte a bordo del rompehielos con propulsión nuclear 50 Years of Victory, que navega hasta los hielos perpetuos y traslada luego a sus pasajeros en helicóptero hasta el Polo. Es un viaje de 14 días, con base en Helsinki. El precio, en función del camarote elegido, varía entre los 18.200 y los 27.900 euros por persona. La naviera noruega Hurtigruten (www.hurtigruten.com), que comenzó a transportar viajeros por las costas noruegas en 1893, ofrece surcar las islas Svalbard a bordo de un barco que lleva con orgullo el mismo nombre que el de Amundsen, Fram, que significa Adelante. El crucero llega hasta el paralelo 80, navega frente a los hielos y glaciares de la isla de Spitsbergen, donde es posible ver osos polares, y desembarca, entre otros puntos, en Ny Alesund, la comunidad más al norte del mundo (78º 55’), que aún conserva una de las torres que sirvió a Amundsen para fijar el dirigible con el que sobrevolaría el Polo Norte.