[Gorilas en la niebla]: Historia de una pasión

Parque Nacional de los Volcanes en Ruanda, escenario de la película “Gorilas en la niebla”.

Desde que a principios del siglo XX la ciencia catalogara por vez primera a estos parientes increíblemente próximos al hombre, los gorilas empezaron a merodear por el imaginario colectivo como una bestia temible y voraz. Fue Dian Fossey en los años 60 quien fuera desvelando al mundo que, muy al contrario de lo que se podría pensar, estas magníficas criaturas resultaban ser grandísimas tímidas a las que ni siquiera les interesaba la carne. Y mucho menos la humana. La zoóloga, encarnada por Sigourney Weaver en la película que tres años después de su asesinato conmoviera al mundo, estudió a los gorilas durante casi dos décadas, logrando ganarse la confianza y el cariño de algunos grupos, gracias a lo cual pudo arrojar luz sobre la desarrollada estructura social que rige el día a día de sus manadas, que suelen oscilar entre cinco y una docena de individuos y están lideradas por un macho dominante o espalda plateada. Fossey, en cuyo libro Gorilas en la niebla se basó la película, no se conformó con consagrar sus días al conocimiento de estos primates sino que luchó con todos los medios a su alcance por su supervivencia, algo que muy probablemente le costara la vida a manos de los furtivos. El crimen nunca terminó de esclarecerse.

De cazadores furtivos a guías turísticos

Ya en aquellos días la población de los gorilas de montaña se encontraba tremendamente diezmada como consecuencia de la desaparición de su hábitat y la interacción con el hombre, en especial con los cazadores, ávidos por atraparlos para venderlos a los zoos del mundo rico o de traficar con partes de su cuerpo convertidas en trofeos. Hoy la buena noticia es que su número parece ir sutilmente en aumento, a pesar del conflicto en los 90, del que sigue recuperándose la región de los Grandes Lagos y de la pobreza de la zona, que obliga a sus moradores a expandir sus áreas de cultivo por territorios en los que antaño campaban a sus anchas los gorilas en su búsqueda constante de alimento. De hecho, muchos de los pisteros y guías que hoy acompañan a los reducidos grupos que suben en su busca fueron furtivos, hoy reciclados en aras de la conservación y, esencial, de un sueldo digno.

Se estima que quedan alrededor de 800 gorilas de montaña viviendo en libertad, todos ellos en el África Ecuatorial. Sólo en la cadena volcánica de los Montes Virunga –perteneciente a Ruanda y la República Democrática del Congo– se ha pasado de los 260 ejemplares que contabilizara en su día Dian Fossey a los 380 que arrojó el último censo del Karisoke Research Center, el centro de investigación que ella misma fundara en el corazón del Parque Nacional de los Volcanes de Ruanda. Éste, creado en 1925, es el área protegida más antigua del continente, amén del escenario en el que se rodaron algunas de las entrañables escenas de Gorilas en la niebla entre la primatóloga y Digit, su favorito de la manada por ser el que más se había habituado a su presencia y que también murió a manos de los furtivos.

Tras los pasos de Fossey

La situación en la República Democrática del Congo está mejorando bastante en cuestiones de seguridad, por lo que ahora también es posible acceder a los gorilas de montaña que habitan en su Parque Nacional de Virunga. Sin embargo, sigue siendo más frecuente hacerlo por el ruandés Parque Nacional de los Volcanes y, en Uganda, también por el Bosque Impenetrable de Bwindi y el Parque Nacional Mgahinga. Eso sí, la misión no es fácil ni mucho menos asequible. Los cupos de entrada que cada año conceden estos parques a los ecoturistas son muy bajos con el fin de alterar lo menos posible la rutina de los animales, por lo que hay que hacer reservas con al menos dos o tres meses de antelación y, cómo no, prepararse a pagar una pequeña fortuna, ya que cada permiso asciende a la friolera de 500 dólares por persona. Los requisitos no acaban ahí. Aunque ya se haya abonado la totalidad del importe, habrá que renunciar a la visita si sobreviniera alguna enfermedad contagiosa para los gorilas –como un vulgar catarro–, y también habrá que comprometerse a respetar normas como no acercarse a los animales más de lo que indiquen los guías que lideran cada expedición, no utilizar el flash ni hacer movimientos bruscos que puedan asustarlos, y no permanecer más de una hora en compañía del grupo de animales.

En forma

Por si fuera poco, la jornada de trekking para llegar hasta ellos puede suponer entre una y ocho horas de caminata bajo la lluvia, el frío, el barro o el calor sofocante de la jungla, por lo que habrá que estar en razonable forma física. Además, tanto los responsables de los parques como las agencias que organizan las expediciones se cuidan mucho de garantizar al cien por cien el encuentro con los gorilas, aunque gracias a la pericia de los pisteros y las nuevas tecnologías las probabilidades de llegar a admirar de cerca al más grande de los simios son muy altas. Tanta traba no es a fin de cuentas más que un requisito imprescindible para la conservación de la especie y, como recompensa a todo ello, sin duda se basta y se sobra el llegar a tener apenas a unos metros a un espalda plateada de casi 200 kilos. Con sólo captar la humanidad que desvela su mirada se perdonan los dispendios y las dificultades del viaje y también se llega a entender cómo una joven acomodada de San Francisco se dejó la vida intentando proteger a los gorilas.

Hoteles: Abiertos a la naturaleza

Las expediciones para salir al encuentro de los gorilas de montaña se organizan, tanto en Uganda como en Ruanda, en grupos de un máximo de ocho personas. Cuando se trata de un viaje organizado, la agencia se ocupa de conseguir los permisos al parque elegido, que en ambos países cuestan actualmente 500 dólares por persona. Si consistiera en un viaje independiente, los permisos habrán de tramitarse con toda la antelación posible a través de las autoridades locales.

El trekking para llegar hasta el grupo de gorilas al que se vaya a tener acceso puede durar entre una y ocho horas, regresándose siempre al punto de partida, por lo que habrá de reservarse un hotel por la zona al menos para la noche previa a la expedición, ya que comienzan muy temprano. Entre los mejores de la región destaca el Sanctuary Gorilla Forest Camp (www.sanctuaryretreats.com), en el Parque Nacional Bosque Impenetrable de Bwindi, Uganda, con apenas ocho exquisitas cabañas y un salón abierto a la naturaleza hasta cuyas dependencias llegan a veces los gorilas, haciendo las delicias de los afortunados que se encuentren en él en estas raras ocasiones. Muy cerca, con vistas desde sus plataformas a los Montes Virunga y a la frontera con Congo, el también coquetísimo Clouds Mountain Gorilla Lodge (www.wildplacesafrica.com), con igualmente ocho cabañas, y Bwindi Safari Lodge (www.volcanoessafaris.com). A través de esta última web también se puede reservar en el Virunga Safari Lodge si se optara por el Parque Nacional de los Volcanes, en Ruanda, a cuyas puertas también se encuentra el todavía más lujoso boutique hotel Sabyinyo Silverback Lodge (www.governorscamp.com), con dos suites y seis cottages de piedra y terracota –uno de ellos familiar–, todos con veranda privada y chimenea en la habitación además de las facilidades y el estilo que le garantiza el ser miembro de la prestigiosa Kiwi Collection.

www.rwandatourism.com
www.visituganda.com
www.ugandawildlife.org