[La aurora boreal en Laponia]: El baile de los cielos árticos

Los barcos de Hurtigruten ofrecen a sus pasajeros la posibilidad de avistar auroras boreales desde el mar.

Los vikingos las tomaban por el reflejo de las armaduras de las valkirias, algunos pueblos inuits veían en ellas las almas traviesas de los niños que morían al nacer y para otros se trataba de los espíritus de los difuntos intentando comunicarse con los vivos. En la Laponia noruega se aseguraba antiguamente que las auroras boreales no eran otra cosa que las chispas que provocan las colas de los zorros árticos al rozar la nieve al galope, mientras que en el sur de Suecia llegaban a sospechar que pudieran formarlas los samis cuando perseguían por las montañas a sus rebaños de renos. Los que han tenido la fortuna de ver una, coinciden por unanimidad en que se trata de la obra maestra más redonda que la naturaleza le regala a las latitudes nórdicas. Otros, directamente se quedan sin palabras. Y no es para menos, cuando en mitad de un helador paisaje nevado estalla su telón de luces en una danza hipnótica que tiñe los cielos de colores imposibles. Primero es poco más que una tenue cortina de brillo. Luego, si se tiene suerte, se transformará en llamaradas verdosas o púrpuras, anaranjadas, de intenso rojo o fantasmagóricamente blancas que cambian de forma a cada instante. Jamás, eso sí, habrá dos auroras boreales iguales.

Las luces del norte

La ciencia, como siempre tan puntillosa, zanja la cuestión sobre su origen sentenciando que las también llamadas luces del norte se deben a las grandes explosiones solares, cuando el astro rey lanza al espacio enormes cantidades de partículas cargadas de energía que son atraídas por el campo magnético de los polos de la Tierra y, al entrar en contacto con su atmósfera, lanzan esos fogonazos del todo sobrenaturales que sobrevuelan los cielos. Insisten, además, en que las auroras se dan todo el año –aunque sólo sean perceptibles para el ojo humano en determinadas fechas y condiciones– y que también se producen por las últimas lindes del hemisferio sur. Éstas, al ser de mucho más difícil acceso, le ceden el puesto como mejor escenario para admirarlas a las regiones árticas de Noruega, Suecia, Finlandia, Islandia, Groenlandia, Rusia o las zonas más septentrionales de Norteamérica.

El momento y año idóneos

Aunque este espectacular fenómeno astronómico ha llegado en rarísimas ocasiones a verse incluso en zonas tan sureñas como España, lo más frecuente es poderlo apreciar en los alrededores del Polo Norte geográfico, entre los 60 y 75 grados de latitud norte. Además, no vale cualquier temporada. Por estas tierras nórdicas en las que el sol de medianoche hace clarear los cielos durante cerca de medio año, las auroras son visibles a lo largo del otro medio, generalmente desde septiembre hasta abril, pero sólo cuando los cielos están del todo despejados y, por supuesto, única y exclusivamente cuando su majestad, que es muy suya, tenga a bien dejarse ver. Porque incluso viajando en la temporada más idónea y con todos los astros a favor, nunca se tendrá garantía absoluta de ver una hasta que se la tiene encima, señoreándose por las alturas con su inalcanzable belleza, mientras con sus etéreas y caprichosas danzas –que pueden durar horas o apenas segundos– parece jugar al escondite con ese público entregado que la aguarda, muy capaz de resistir una barbaridad de grados bajo cero a la intemperie con el fin de presentarle sus respetos. La incertidumbre de si finalmente aparecerá o si uno se irá a casa con las ganas es parte de su magia, aunque una vez más la ciencia viene a echarle un capote a los simples mortales.

Hoy está probado que el Sol tiene una actividad razonablemente regular y que cada once años alcanza un periodo de máxima actividad. El último tuvo lugar en 2001, por lo que el siguiente es 2012, un año en el que los expertos de la NASA han asegurado que los cielos estarán cargados de energía como no lo han estado en el último medio siglo. El pasado invierno ha sido increíble para ver auroras, y todo apunta a que incluso a partir de finales de agosto, cuando arranque su nueva temporada, no lo será menos.

Auroras desde el mar

Una de las formas más asombrosas de admirar una aurora es desde el mar, en mitad de la nada y sin contaminación lumínica alguna. Los barcos de Hurtigruten, toda una institución en Noruega, pusieron en marcha hace más de un siglo la ruta del Expreso del Litoral, con el entonces nada evidente cometido de comunicar de norte a sur y los 365 días del año la costa más salvaje de toda Europa. No son en absoluto un crucero al uso. De hecho, siguen navegando bajo la bandera del servicio postal a pesar de que hoy, además de cartas y casi cualquier mercancía que las comunidades más aisladas hayan podido encargar desde Bergen, también transportan cada año a miles de noruegos de uno a otro de los 35 puertos por los que recala en su semana de travesía hasta Kirkenes, y desde luego también a infinidad de turistas. Entre diciembre y abril ponen en marcha su ruta Tras la Aurora Boreal, partiendo de la muy septentrional ciudad de Tromso, donde los días se dedicarán a avanzar por las estepas en trineos de perros o motos de nieve, a pescar cangrejos reales de hasta 15 kilos o a alcanzar la última punta de Cabo Norte. Las noches, sin embargo, están consagradas a los avistamientos de auroras.

Hoteles: Iglús transparentes

En la Laponia finlandesa, a 250 kilómetros por encima del Círculo Polar Ártico, el Hotel Kakslauttanen (www.kakslauttanen.com), además de habitaciones de cabañas de troncos e iglús de nieve, cuenta de diciembre a abril con una veintena de iglús transparentes que permiten admirar la aurora boreal con total comodidad sin salir siquiera de la cama. Con calefacción, y construidos con un cristal térmico especial que hace posible que su superficie no se opaque con la escarcha –incluso aunque fuera el termómetro haya bajado de los 30º bajo cero–, son tan únicos en su especie como el Polarlightcenter (www.polarlightcenter.com) de las noruegas islas Lofoten. Este insólito centro, instaurado por una pareja holandesa apasionada de las auroras, no sólo ofrece visitas y charlas en las que aprenderlo todo sobre el fenómeno sino que también proporciona un servicio de avisos a través de sms en el que advierten a los viajeros cuándo está a punto de asomar una aurora para que salgan a admirarla en el momento justo. Además, disponen de un apartamento en el que poder instalarse unos días con ellos.

Toda una experiencia también, los ya más numerosos hoteles de hielo que con los primeros fríos comienzan a edificarse de cero por estas latitudes nórdicas. El Ice Hotel (www.icehotel.com), a las afueras de la ciudad sueca de Kiruna, es con sus 5.500 metros cuadrados el más grande, amén del pionero que sirvió de modelo a todos los demás, que hoy incluyen desde el Castillo de Nieve de Kemi (www.snowcastle.net), en Finlandia, hasta los noruegos Sorrisniva Igloo Hotel (www.sorrisniva.no) y el Kirkenes Snow Hotel (www.kirkenessnowhotel.com), e incluso el Hotel de Glace de Quebec (www.hoteldeglace-canada.com). Y, por supuesto, siempre puede optarse por embarcarse a la caza de una aurora por las costas de Noruega a bordo del Hurtigruten (www.hurtigrutenspain.com), cuyo recorrido Tras la Aurora Boreal, de una semana por Tromsø, Skjervøy, Hammerfest, Honningsvåg, Berlevåg y Kirkenes, parte de los 2.230 € por persona con los vuelos desde España incluidos.

www.visitnorway.es
www.visitafinlandia.com
www.visitsweden.com