[Pagodas de Myanmar]: Por los santuarios de Birmania

El “Road to Mandalay” ofrece un encuentro con la Birmania más ancestral sin renunciar al menor lujo.

Difícil escoger un único motivo para decantarse por Birmania. En este bellísimo país tan poco contaminado aún por el turismo al uso las razones más bien se solapan y hasta superan las unas a las otras. Si hubiera que elegir una sola, tanto valdría la espectacularidad de sus paisajes de junglas, playas y arrozales como su gente, de una candidez y una amabilidad de conmueven. Valdría también como excusa arrimarse a las enrevesadas sagas dinásticas que a lo largo de los siglos la sembraron de cultura, a la placidez onírica del Lago Inle, donde incluso los huertos se cultivan sobre sus aguas, o, cómo no, a la barbaridad de pagodas revestidas de pan de oro que afloran en el lugar menos pensado.

Testigo Marco Polo

Ya en Rangún, la puerta de entrada obligada a Birmania, la descomunal pagoda de Shwedagon, tan impactante y venerada a cualquier hora por los fieles, es muy capaz de eclipsar a cualquier otra, al igual que la barbaridad de templos y conventos que abren sus puertas en las antiguas capitales de las inmediaciones de Mandalay. Sin embargo, la mayor concentración de santuarios con muchos siglos a sus espaldas aparece en Bagán, donde quedan algo más de 2.200 pagodas, estupas y templos en pie y otros tantos aún en ruinas diseminados por una treintena de kilómetros a la redonda de la tórrida llanura ocre que se pierde mucho más allá de los confines de la ciudad. Si la cifra es ya de órdago, en la Edad Media se cree que podría haber llegado a atesorar seis veces más. El propio Marco Polo volvió maravillado del esplendor de la capital del primer imperio birmano y corrió a contárselo al mundo. Sin embargo, Bagán permaneció medio ignorada por todos hasta que el demoledor terremoto de 1975 tumbara la mayoría de sus templos y la Unesco se embarcó en una labor de reconstrucción que todavía hoy no puede darse por concluida.

Tesoro arqueológico

Dueña y señora de varios miles de monumentos erigidos entre los siglos X y XIV, Bagán puede presumir de ser uno de los tesoros arqueológicos más valiosos e impactantes de todo el sureste asiático. Fundada en el 849 a orillas del río Irawady, la época de mayor apogeo de la vieja Bagán comenzó en 1044, cuando el rey Anawratha ascendió al trono y la eligió como el foco desde el que expandir el budismo theravada. La vorágine constructiva a la que se lanzó supuso tal dispendio que se ha llegado a aventurar que, más que las hordas mongolas de Kublai Khan que en 1287 la arrasaron, bien pudo haber sido ese afán edificador el que abocara a la decadencia a su estirpe. Pagodas shan, reconocibles por sus hechuras más esbeltas; mon, cuya base más ancha se va afilando a medida que cobra altura, o de puro estilo birmano. Todas ellas, y por centenares, siembran literalmente este recinto al aire libre sin límites definidos en los que antaño se alzara la ciudad. Porque hay una Bagán razonablemente nueva, con sus mercados, trajines, infinidad de templos veneradísimos y algunos que otros hoteles, pero la mejor tajada aguarda a sus afueras, donde de la vieja ciudad sólo quedó lo que se edificara siglos atrás en piedra. Al cobijo de sus templos principales, que son los que más concentran el vaivén de viajeros, un puñado de chamizos de bambú diseminados aquí y allá en los que se venden baratijas o refrescos sirve para imaginar el pasado habitado que un día tuviera esta hoy ciudad medio fantasma. Y hasta contribuyen a hacerse a la idea de cómo pudo ser su día a día de antaño, con los trasiegos de carros de bueyes que, entre medias de semejante monumentalidad, conducen los aldeanos rumbo a los sembrados que germinan a la sombra de los templos más esquinados.

Atardecer rojo

Hasta el menos amigo de las ruinas habrá de reservarle un mínimo de dos o tres días para abordar su monumentalidad desde distintos emplazamientos al amanecer y al atardecer, que son las horas que mejor le sientan a sus templos de ladrillo rojo y a sus cúpulas doradas. A bordo de un carromato o, los más osados, en las bicis que se alquilan en los villorrios de Old Bagan y Nyaung-Oo, habrá de llegarse a primera hora hasta el templo de Dhammayazika, cuyas vistas alcanzan las colinas de Tuyin Taung, o hasta el de Myingalazedi, con el rosario de templos que emergen a sus pies entre las brumas del río y los sonidos que con el primer barruntar del día ascienden hasta sus terrazas desde poblados ocultos. Entre los favoritos para los habitualmente más concurridos atardeceres, los templos de Tayokpye y Shwesandaw, donde un universo de estupas tiñen de cobrizo, blanco y dorado la planicie a sus pies. Imprescindible también el de Ananda, con sus estucos, su soberana cúpula de pan de oro y los budas gigantes de su interior, o el de Hti-Lo Min-Lo, cuyas deliciosas pinturas figuran entre las mejor conservadas del complejo. También, los murales del de Gu Byauk Gyi o la más reciente pagoda Bupaya, a orillas del Irawady, donde al alba se acercan sin falta los fieles para contentar a los espíritus con sus ofrendas de flores, frutas y arroz.

Hoteles: La experiencia total

En Rangún, la histórica capital que con sus aires chapados a la antigua oficia como puerta de entrada al país, destaca el romántico boutique-hotel The Governor’s Residence (www.governorsresidence.com), una mansión de los años 20 en las proximidades de la pagoda de Shwedagon que atesora una cincuentena de habitaciones distribuidas entre bungalós de teca y preciosos jardines. Otro clásico colonial es el Hotel Strand (www.ghmhotels.com), también un cinco estrellas pero aquí sí en el meollo de la ciudad, que ha contado con huéspedes de la talla de Somerset Maugham, George Orwell o Rudyard Kipling. Entre los mejores de Bagán, el Thiripyistaya Sanctuary Resort (www.thiripyitsaya-resort.com), en la mansión de un antiguo regente transformada junto al río en un lujoso complejo con 76 habitaciones y suites de decoración puramente birmana; el igualmente de primera Aureum Palace (w www.aureumpalacehotel.com), un gran resort con sus chalets dispersos también por una gran extensión de terreno y vistas a algunas de las pagodas del recinto arqueológico, así como el más recogido The Tharabar Gate (www.tharabargate.com), con 84 estilosísimas habitaciones y suites, amén de restaurante francés, oriental y Spa tailandés.

Y para una experiencia verdaderamente única, los cruceros fluviales de otra época a bordo del Road to Mandalay (www.orient-express.com), un navío de regusto colonial traído desde el Rhin por los propietarios del grupo hotelero Orient Express para servir en bandeja de plata a sus pasajeros un encuentro con la Birmania más ancestral sin renunciar al menor lujo. Los itinerarios más habituales discurren a lo largo de tres o cuatro días entre Bagán y Mandalay –desde 1.840 € por persona–, aunque pocas veces al año se adentran por el itinerario más intacto todavía que pone rumbo a las gargantas del norte del país. Este dura once noches –desde 2,810 €– y, como en los demás, se incluyen los vuelos nacionales, el alojamiento y todas las comidas a bordo, así como las visitas guiadas a los puntos más interesantes de la ruta. www.myanmar.travel