[Palacios del Rajastán]: A cuerpo de maharajá

Hasta ser engullido por la luz irreal del desierto del Thar, el Estado de Rajastán, al noroeste de la India, adorna de palacios, fortalezas y templos a mil y una deidades en sus ciudades esenciales: la rosada Jaipur, Jodhpur la azul, la villa dorada de Jaisalmer o la romántica Udaipur. Esta región tan empapada de tradición es la tierra de los maharajás, los guerreros rajput y los colores vibrantes. Aquí, hasta la más humilde entre las campesinas se diría una princesa, envuelta en sus velos y sus saris y sus brazaletes de plata. Ellos, con el porte presumido de un rey gitano, lucen mostacho rotundo, turbante y un orgullo en la mirada que los liga a los antiguos clanes rajput, para quienes la independencia y el valor ejercían como pilares de un código de honor regido por normas no muy distintas a las que imponía la caballería de la Europa medieval. A pesar de ello, no es ni por unas ni por otros por lo que el Rajastán se conoce como la tierra de reyes sino por la veintena de principados feudales que durante más de mil años coexistieron en la antigua Rajputana, hoy el Estado más inmenso de este ya de por sí desmedido país.

Los maharajás, los hijos de los mil dioses, eran capaces de las extravagancias más descabelladas y de dilapidar fortunas que parecían inagotables. Sin embargo, también les llegó el tiempo de las vacas flacas a estos reyes entre los reyes que encontraban tan normal bañarse en auténtico champán francés como adornar con diamantes a sus elefantes para las grandes ceremonias, o laminar de oro y plata la carrocería de sus descapotables. Aunque en tiempos del Imperio Británico consiguieron mantener sus buenos privilegios, con la independencia de la India, en 1947, pudieron dar las gracias por salvar al menos sus títulos nobiliarios, ya sin poder político alguno. No pocos de ellos se vieron obligados a abandonar el lujo delirante de los palacios que a lo largo de los siglos habían sido levantados por sus antepasados, gracias a los impuestos que los rajput cobraban a las caravanas de seda, especias y piedras preciosas que cruzaban sus territorios de camino hacia el Asia Central. Otros maharajás, para llegar a fin de mes no vieron otra salida que transformar sus antiguas mansiones o pabellones de caza en hoteles de fábula en los que el viajero puede hoy evocar aquella época de despilfarro y exotismo sin límites.

De fastuosos palacios a hoteles de lujo

Jaipur, esa capital del Rajastán dominada por el fuerte Amber hasta el que auparse a lomos de elefante, atesora uno de los más fabulosos, el Rambahg Palace, cuyas cúpulas y descomunales jardines le dan un innegable regusto oriental. El fastuoso salón en el que el maharajá de la ciudad celebraba sus fiestas, accesible incluso aunque no se esté alojado en el hotel, es hoy perfecto para agasajarse con una cena por todo lo alto presidida por un thali, una primorosa bandeja con infinidad de guisos y salsas especiadas digna del mejor de los banquetes. Una parte de este complejo palaciego siguió ocupada hasta su todavía reciente muerte por la maharaní Gayatri Devi, todo un personaje, cuyo marido fue uno de los primeros en hacer de tripas corazón y decidirse por reconvertir su hogar en hotel de lujo.

La solución, tan criticada en un principio como imitada más tarde, fue seguida por otros palacios comparables en esplendor como el Jai Mahal, antigua sede del primer ministro de Jaipur; el Lake Palace de Udaipur, una fantasía de mármol blanco que ocupa toda una pequeña isla sobre las aguas del lago Pichola; el Shiv Niwas o el Fateh Prakash Palace, dos auténticas joyas arrimadas también a sus orillas; el Umaid Bhawan Palace de Jodhpur, una de cuyas alas sigue estando reservada para uso y disfrute del actual maharajá o, en pleno desierto del Thar, en las proximidades ya de la ciudad de Bikaner, el Gajner Palace, un antiguo pabellón de caza utilizado por los rajás y los dignatarios británicos erigido por el maharajá Ganga Singhji en las lindes de un lago, dentro de una propiedad de más de 6.000 acres.

El encanto de los havelis

Hoy, sin necesidad de ser millonario, es bien posible concederse el capricho de reservar unas noches incluso en las suites que sirvieron de aposentos para los antiguos dueños y señores del palacio. Y si el presupuesto no diera lo suficiente de sí, siempre podría echarse a volar la fantasía acercándose a tomar el té en sus jardines de otra época o a cenar en sus deslumbrantes salones de gala. Y, por supuesto, también decantándose por otros alojamientos más modestos pero sobrados de encanto, como los havelis. Con un poso todavía más nostálgico y decadente que los grandes palacios, estas viejas mansiones de nobles y mandatarios rajastanís de menor rango, venidos igualmente a menos, quisieron también zafarse de una ruina segura reciclándose en hotelitos. Sus salones marchitos recargados de sonrientes fotos en blanco y negro y sus mejores suites con camas de dosel son todo un pasaje hacia aquella India colonial cuyas élites derrochaban despreocupadas sus años y sus privilegios. Un lugar enganchado al pasado envuelto de un embrujador sabor a glorias pretéritas.

Hoteles: Huésped en palacio

Muchos de los antiguos palacios de los majarahás del Rajastán pertenecen hoy al prestigioso grupo hotelero Taj (www.tajhotels.com). Es el caso del Jai Mahal y el Rambagh Palace de la capital, Jaipur. Si el primero fue el hogar del antiguo primer ministro de la ciudad, el Rambagh, residencia de la familia del maharajá, es todavía más lujoso. Entre sus 79 habitaciones, decoradas con antigüedades, sedas y otros opulentos tejidos, destacan la suite Peacock, con vistas a la terraza y los simétricos jardines donde el regente solía celebrar las fiestas del Holi, y la suite del Príncipe o la Maharani, cuya redecoración, encomendada a su diseñador favorito de Londres, fue una sorpresa del maharajá a su mujer, la recientemente fallecida Gayatri Devi. Además de un suntuoso restaurante en la antigua sala de baile de Suvarna Mahal, el Rambagh cuenta hasta con campo de polo. Igualmente pertenecen a la cadena Taj el Umaid Bhawan Palace de Jodhpur –uno de los edificios privados más grandes del mundo–, donde el actual maharajá ocupa todavía una de las alas de este ecléctico edificio en el que Oriente y Occidente se enlazan por sus 64 habitaciones y suites rodeadas de jardines a las puertas del desierto; así como el Lake Palace de Udaipur, uno de los hoteles más hermosos de todo el planeta, erigido como palacio de verano en una isla del lago Pichola por el maharajá Jagat Singh II a mediados del XVIII. Igualmente en esta ciudad los también exquisitos Shiv Niwas Palace, Jagmandir Island Palace y Fateh Prakash Palace, así como el Gajner Palace de las proximidades de Bikaner, pertenecen todos al grupo hotelero HRH (www.hrhhotels.com) que dirige el 76º descendiente de los maharajás de Mewar, Shriji Arvind Singh Mewar, junto a su hija la princesa Padmaja, a quien no es difícil ver por los hoteles ocupándose de hasta el último detalle. A través de Heritage Hotels of India (www.heritagehotelsofindia.com) podrán localizarse otros hoteles históricos del Rajastán, como los havelis, a precios mucho más asequibles y muchos de ellos con un decadente encanto absolutamente único.

Más información: www.incredibleindia.orgwww.rajasthantourism.gov.in