[Safari aéreo en Namibia]: A vista de pájaro

El Namib, el desierto más viejo del mundo, separa la costa atlántica del Parque Nacional de Etosha.

Cada año, entre octubre y abril las colonias de flamencos vuelan hacia Namibia en busca de la primavera austral. En los alrededores de la localidad de Walvis Bay, numerosas bandadas de esta grácil ave rosada se refrescan en el agua. Contemplar este espectáculo, prismático en mano, es una experiencia inolvidable. Pero algunos viajeros ya no se contentan con disfrutar del vuelo de las aves con los pies en la tierra. Ansían ser como ellas; disfrutar del espectacular paisaje del país africano desde las alturas, sobrevolar las manadas de cebras galopando sobre el Parque Nacional de Etosha, avistar a lo lejos los pecios encallados en la arena de Skeleton Coast o cegarse con el reflejo de las dunas del Namib al amanecer… Desde la antigüedad el hombre ha soñado con volar. En la mitología griega, Dédalo construyó unas alas para escapar junto a su hijo Ícaro del encierro al que les sometía el rey Minos. Hoy es posible emular a Príamo, aunque con mejor éxito, gracias a los safaris aéreos. Descubrir la rotunda naturaleza de Namibia es ya una posibilidad para los viajeros ensoñadores. ¡Abróchense los cinturones!

Cervezas germanas y dunas añejas

Windhoek, la capital del país, es el punto de partida habitual de estas rutas que oscilan entre los dos y los quince días de duración. Construida a finales del siglo XIX para albergar la sede de la administración alemana, Windhoek es una de las ciudades más tranquilas y ordenadas del continente africano. No es extraño apreciar en sus amplias y modernas avenidas luminosos de Tafel, Holsten y Windhoek, las tres cervezas locales, que apelan a la Reinheitsgebot para seducir a los compradores. Conocida como la Ley de Pureza de 1516, la Reinheitsgebot fue decretada por Guillermo IV de Baviera para asegurar la calidad de todas las cervezas germanas. La pureza ansiada se lograba con la imposición de solo tres ingredientes para su elaboración: agua, malta de cebada y lúpulo.

La primera visita imprescindible en esta aventura es el valle de Sossusvlei, en el corazón del Parque Nacional Namib Naukflut. Desde las alturas, este mar de dunas que ocupa 32.000 kilómetros cuadrados parece incandescente cuando recibe los rayos del sol. La arena está compuesta por cristales de cuarzo que con el paso del tiempo comienzan a oxidarse y a adquirir su característico tono rojizo. Precisamente el intenso color rojo del Namib es una muestra evidente de por qué algunos científicos lo consideran el más antiguo del planeta. Sus dunas llegan a alcanzar los 380 metros de altitud, muy por encima de las que hay en cualquier otro desierto del mundo. La más conocida entre los turistas es la llamada Duna 45, que recibe este nombre por encontrarse a 45 kilómetros de distancia de Sesriem, el principal punto de entrada al parque.

Simulando a Ícaro

Desde Sossusvlei, sobrevolando la costa atlántica en dirección norte, la avioneta llega en pocos minutos a la Costa de los Esqueletos (Skeleton Coast). En este punto, debido a los vientos que soplan desde el continente, el desierto llega hasta el borde mismo del mar. A causa del intenso oleaje y de la frecuente niebla, muchos barcos han encallado en la costa a lo largo de los años. De ahí precisamente proviene su tétrico nombre. La imagen aérea de un navío abandonado en pleno desierto es una de esas instantáneas que no se olvidan en la vida.

Otra cita imprescindible en este safari aéreo es el Parque Nacional de Etosha. Aunque se asienta sobre un lago desecado miles de años atrás, cada temporada, entre octubre y abril, las lluvias revitalizan esta reserva de 23.000 kilómetros cuadrados. En ese instante, Etosha se transforma en lugar de peregrinación de miles e incluso millones de animales. Hay quien dice que en alguna ocasión más de un millón de flamencos han teñido de rosa la planicie.

Por tierra y aire

Si se visita este parque de la forma tradicional, esto es, en coche 4×4, lo habitual es esperar con paciencia durante horas en el interior del vehículo para poder admirar alguno de los big five (león, elefante, búfalo, rinoceronte y leopardo). La experiencia en avioneta es muy distinta. Es cierto que la distancia desde la que se observa a los animales es mayor –en un safari convencional puedes observar una escena de caza a tan solo unos metros–, pero también es verdad que disfrutar de las grandes masas de cebras, gacelas o jirafas a vista de pájaro no está al alcance de cualquiera. Y lo que Etosha ofrece en variedad de fauna no es moco de pavo: 140 especies de mamíferos, 110 de reptiles y 340 de aves. En cualquier caso, lo habitual es que se visite el parque de ambas formas, por tierra y aire. No hay motivo para renunciar a ningún placer.

Ícaro, fascinado por la posibilidad de volar, batió sus alas en dirección a las alturas. Sin embargo, la soberbia de querer llegar al cielo, emulando a los dioses, le causó la muerte. El calor derritió la cera que unía las plumas de sus alas y, carente de este ingenio construido por su padre, Ícaro cayó mortalmente al mar. Como el personaje mitológico, los viajeros que sobrevuelan Namibia se sienten en algún momento cercanos a los dioses. Afortunadamente, las alas de las avionetas no están sujetas al fuselaje con cera.

Hoteles: Europa, en el desierto

En ningún otro sitio de África puede encontrarse un mejor struddel. La recoleta localidad costera de Swakopmund parece un pedazo de Alemania trasplantado a África. Fundada en 1892 como puerto de las colonias germanas del sudoeste africano, su importancia comercial comenzó a decaer en 1915 al ser desplazada por la cercana Walvis Bay. En las últimas décadas, Swakopmund se ha reconvertido en uno de los retiros turísticos preferidos por los namibios de ascendencia germana. La localidad cuenta con magníficas playas, un clima cálido todo el año y una ingente cantidad de actividades deportivas y de aventura. Una excelente opción para alojarse en esta villa de aires teutones es el Sam’s Giardino Hotel (www.giardinonamibia.com), un curioso hotel que ocupa un edificio construido a semejanza de los chalets suizos de montaña.

Swakopmund es la segunda ciudad del país en población, tan solo superada por la capital, Windhoek. Teniendo en cuenta que la localidad costera únicamente cuenta con 35.000 habitantes, podemos hacernos una idea de la escasa densidad de población del país. En el caso de Swakopmund es entendible, ya que prácticamente se trata de un oasis en mitad del desierto.

Sus bonitas calles repletas de edificios coloniales se encuentran rodeadas por el norte, el sur y el este por las arenas del sobrecogedor Namib. Y la única salida al oeste se topa con el Océano Atlántico. A pesar de su ubicación, Swakopmund cuentan con instalaciones turísticas hechas a la medida de los viajeros occidentales. Incluso puede alardear de contar con un campo de golf, el Roosmund Golf Course, en medio del desierto. Cuando el jugador no atine con el golpe, su bola no irá al bunker sino a la arena del desierto.

Al norte de Swakopmund se encuentra el popular Parque Natural de Ethosa, visita imprescindible para los amantes de la naturaleza. Lo más cómodo es alojarse en uno de los tres campamentos que hay en el interior del parque (recuerden que una vez que cae el sol no es posible entrar o salir). Para reservar plaza en Okaukuejo, Halali o Namutoni lo más cómodo es hacerlo a través de www.nwr.com.na.