Parador de Cardona

Parador Museo de Cardona.

Parador Museo de Cardona.

 

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Hace 40 millones de años, Cardona experimentó un fenómeno geológico de proporciones extraordinarias que afectaría para siempre a su historia. El océano cubría esta zona de la Cataluña interior, pero el mar poco a poco se fue estancando hasta formar un inmenso lago que acumulaba capas de sal sobre la tierra. Los movimientos de la corteza terrestre acabaron concentrando el mineral y formando una montaña de sal; la punta de un iceberg que escondía un yacimiento de dos mil metros de profundidad.

Para las civilizaciones antiguas, la sal era un verdadero tesoro; un producto imprescindible y valioso que permitía conservar los alimentos. En Cardona, los yacimientos salinos fueron explotados desde la prehistoria y otorgaron un inmenso poder a quien los dominó. A la sombra de la montaña nació un pueblo y, en lo alto del cerro aledaño, en el siglo III a.C., los íberos construyeron un alcázar. Desde aquella posición dominaban los campos de la Cataluña interior hasta el Pirineo, al tiempo que protegían las minas de sal, oro blanco y fuente inagotable de riqueza.

Fortaleza inexpugnable. En este enclave se establecieron las tropas francas de Carlomagno, mordiendo territorio a los musulmanes en el ocaso del siglo VIII. Cien años más tarde, el conde Wilfredo I El Velloso impulsó la construcción de un castillo y otorgó la primera carta de población. Ya en el siglo XI, los señores de Cardona fijaron su residencia en la fortaleza e iniciaron la edificación de las dependencias palaciegas y de la espectacular Canónica de Sant Vicenç, obra fundamental del románico catalán. Esta sería su casa hasta el siglo XV, momento en que se desplazaron a Barcelona. Ya en el siglo XVII, la evolución de la artillería obligó a mejorar las defensas del cerro, levantando baluartes e instalando cañones. El resultado fue una fortaleza inexpugnable, jamás rendida durante los interminables asedios de las guerras de los Segadores, de Sucesión, de la Independencia o Carlistas. En 1976, las instalaciones militares, que prácticamente habían quedado derruidas, fueron reconvertidas en un insólito Parador de Turismo.

La saga de los Folch. El origen de los señores de Cardona se remonta al año 986, cuando Borrell II, conde de Barcelona, confió este baluarte a Ermemir, miembro de su clan y vizconde de Osona. Al primer señor de Cardona le encomienda la misión de repoblar y proteger estos territorios fronterizos con Al-Andalus. Sus herederos reconstruyeron el castillo sobre las ruinas ibéricas, establecieron en él su residencia y dejaron de intitularse vizcondes de Osona para pasar a serlo de Cardona.

Durante seis centurias, los avatares de la saga de los Folch permanecieron estrechamente vinculados a la historia de la villa. Fueron acreedores de reyes, consejeros y almirantes, y Fernando el Católico les otorgó el título de duques, un honor reservado a los infantes. En el siglo XVI se convirtieron en los hombres de confianza en Barcelona del emperador Carlos V, quien les entregó la orden del Toisón de Oro y les proclamó Grandes de España. Bajo su mandato, la villa de Cardona, burgo del castillo medieval, se convirtió en la auténtica capital de la comarca.

El Castillo de Cardona posee dos patios centrales. Desde el ducal se articulaban las dependencias de los señores y se accedía a la logia, una pequeña galería que actuaba como frontera entre el palacio y las estancias de los canónigos. Éstos, por su parte, se organizaban en torno a un claustro. De la coexistencia entre nobles y clérigos se tienen noticias desde el siglo X, cuando ya existía un templo dedicado a San Vicente Mártir, que hacía las funciones de iglesia parroquial.

Los canónigos del castillo. Cuando los señores de Cardona, en el siglo XI, impulsan la construcción de la Canónica de Sant Vicenç, regularizan también la comunidad de religiosos. En un principio, éstos vivían bajo la regla de Aquisgrán hasta que, a final de siglo, imperaron los preceptos de San Agustín, más exigentes respecto al voto de pobreza y oración. Poseían tierras de labranza junto al río, que se arrendaban a campesinos, bosques donde se cazaba, prados para engordar ganado, molinos harineros y derechos sobre la explotación de sal. También les atendían algunos servidores laicos, que desempeñaban oficios como cocinero, portero, refitolero, aguadera, lavandera o panadera, y gestionaban además un buen número de iglesias del entorno.

El colectivo, aunque con variaciones a lo largo del tiempo, constaba de una docena de canónigos, gobernados por un abad. A finales del siglo XVI, la canónica fue transformada en colegiata secular, acogiendo los mismos oficios divinos de las catedrales, aunque sin ser sede episcopal. La creciente presencia de tropas militares en el recinto, sin embargo, fue arrinconando poco a poco a los religiosos de la fortaleza, que decidieron marcharse a finales del siglo XVIII. Todavía pueden contemplarse dos tramos de columnas del antiguo claustro gótico del convento, construido en el siglo XIV. Su ubicación, obligada por las limitaciones espaciales del conjunto, es atípica, ya que habitualmente se sitúan a un lado del templo y no frente a él. Sus arcos ojivales sostenían una planta superior, que enlazaba con las dependencias palaciegas. Era el paso que utilizaban los señores para asistir a los oficios religiosos.

Patios y capillas. El acceso al castillo se realiza a través de un pequeño patio, en el que se conserva una capilla dedicada a San Ramón Nonato, fallecido entre estos muros en 1240 y que, según la tradición, recibió la eucaristía del propio Jesucristo en su lecho de muerte. La leyenda añade que San Ramón nació por cesárea cuando su madre ya había muerto, en el año 1204. El propio vizconde de Cardona encontró el cadáver y practicó la incisión. La capilla fue construida en 1681 por orden de la duquesa Catalina II de Aragón y Cardona, aunque su aspecto actual es fruto de una restauración realizada en 1962.

A continuación se accede al patio de armas o ducal, de estilo gótico y rodeado por tres galerías de arcos, apuntados o rebajados, que constituye el corazón del castillo. Posee un pozo en el centro; uno de los tres del complejo, junto con el del claustro y el del patio de la Torre Minyona. Sus cisternas almacenaban agua de lluvia y garantizaban el suministro durante los asedios. Estas instalaciones eran de lujo para la época y los señores incluso disponían de acceso directo al depósito, ya que podían subir agua a través de una chimenea construida a tal efecto, aún visible en la fachada interior.

La Sala Dorada. La escalinata, característica de los castillos góticos, conducía a las dependencias privadas y a otro espacio hoy desaparecido, conocido como la Sala Dorada. Era así conocido por su fastuosa decoración y albergaba las audiencias públicas. El palacio estaba engalanado con docenas de gigantescos tapices, largas alfombras, cortinajes de nobles telas, variedad de lienzos, muebles labrados, camas con dosel y vajillas de plata. En el siglo XV incluso llegó a albergar un parque donde el duque criaba fieras, tal y como hacían algunos reyes de la época. Bajo la Sala Dorada se sitúa la Sala dels Entresòls, también escenario de audiencias hasta el siglo XVI. Entonces, el castillo fue destinado a albergar el presidio del ducado y este rincón pétreo fue reconvertido en cámara de torturas. Hoy sirve de antesala del restaurante del Parador, un comedor de 40 metros de profundidad sostenido por arcos apuntados, unión de antiguas dependencias palaciegas y del refectorio de los clérigos.

La corona de bastiones. El establecimiento dispone también de otros muchos salones que ocupan antiguas dependencias palaciegas y militares. Entre ellos, el Salón Ducal, en las estancias de los señores, o el Salón Castell, en el abovedado polvorín que construyó el ejército a principios del siglo XVIII, con capacidad para 80 toneladas de explosivos.

Cardona, como tantas otras plazas militares, quedó indefensa ante la irrupción de la artillería moderna. Los duques, a finales del siglo XVII, iniciaron la fortificación de la montaña, importando la nueva traza italiana de baluartes. Los terribles asedios sufridos por el recinto obligaron a constantes reconstrucciones durante los siglos XVIII y XIX, hasta que la montaña quedó configurada como podemos contemplarla hoy en día.

La fortaleza posee una corona de siete bastiones y un bonete, levantados con muros que alcanzan los cuatro metros de grosor. Están unidos por lienzos verticales de muralla y terraplenes en la plataforma superior, que podían armarse con un centenar de cañones.

 

 

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